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La otra divisoria

La otra divisoria

Quizás el único consenso en América Latina hoy es que estamos más divididos que nunca. No está mal que los presidentes puedan sentarse ante una mesa y discutir los problemas, como ocurrió en UNASUR y tantos otros foros, pero de allí no se pasa y sigue la enorme desconfianza, así como el riesgo de que nuevas explosiones retóricas lleguen a mayores en la próxima ocasión.

Cuando se quiere hurgar en las razones de las divisiones en la región se hace énfasis en la orientación económica de los gobiernos, donde de un lado están los “socialistas del siglo XXI” y del otro los “neoliberales”. Como es obvio algo de eso hay, pero a la vez es bastante insuficiente para describir lo a ese respecto ocurre en América Latina, ya que muchos países no encajan ni en una, ni en otra.

Además, porque hay otras divisorias que se acentúan con el tiempo.

Así, otra forma de ver las cosas en común y las diferencias en la región -y que a mi juicio es tan o más importante que la ideológica- es la que separa a los países que avanzan hacia democracias modernas, institucionalizadas, con reglas razonablemente estables que permiten el cambio y la continuidad sin traumas ni rupturas; y, de otro lado, los países en los que se retrocede cada vez más al caudillismo del siglo XIX, al debilitamiento de las instituciones, con cada vez mayores amenazas a las libertades y los derechos humanos.

En el primer grupo destacan, sin duda, Chile (que mantiene una tradición democrática muy antigua en donde la dictadura de Pinochet fue sólo una excepción sangrienta) y Brasil (que ha logrado, gracias a cuatro buenos gobiernos sucesivos de Cardoso y Lula, romper con tradiciones autoritarias y ciclos de inestabilidad). A ellos se suman históricamente Costa Rica y Uruguay. Hay algunos otros países que, aún cuando les falta mucho para llegar, comienzan a tener ciertos rasgos de ese estilo. Quizás, pese a todos sus inmensos problemas, quepa tener algunas esperanzas, por ejemplo, de que El Salvador pueda ir por ese camino, ahora que han logrado una transición pacífica histórica entre el FMLN y ARENA.

En el otro lado están los países donde reinan los caudillos providenciales, que encarnan “la verdad”, que van a salvar a sus países para sus súbditos y que, por ello, tienen que permanecer en el poder per secula seculorum, abusando de una interesada confusión entre popularidad y democracia. Allí están Hugo Chávez, Evo Morales y, cada vez más, Rafael Correa. Pero como prueba de que estamos ante un asunto que trasciende ideologías, Álvaro Uribe quiere ir por el mismo camino, forzando toda la institucionalidad colombiana (que dejará de ser una de las más prometedoras de la región, cuando ocurra esta barbaridad). En este grupo, y a su particular modo, se ubica también la Argentina, un país extraño en el que coexiste una de las mejores elites intelectuales y culturales de la región, con una clase política generalmente mediocre y corrupta. También, por supuesto, el impresentable Daniel Ortega que hoy aliado de los somocistas, trata de promover su reelección.

¿En cuál de los dos modelos se puede avanzar de manera consistente hacia el desarrollo y la igualdad de oportunidades? A mí no me queda duda alguna de que con el primero. No habrá goles de media cancha, ni refundaciones cada ciertos años, pero sí consistencia en lo que se vaya consiguiendo y disminución del riesgo de nuevas y traumáticas crisis violentas.

A todo esto: ¿a qué lado de esta divisoria está el Perú?

Si nos guiamos por la historia, claramente en el segundo grupo; baste recordar a Fujimori, el pionero de toda esta tradición de perversión de la democracia desde dentro y de las reelecciones sucesivas. Si nos guiamos por las encuestas sobre lo que viene, también cabría ser pesimistas. El peso electoral de de Ollanta y Keiko no es precisamente un buen indicio de que estamos construyendo una democracia moderna en estas tierras.

Hay, sin embargo, algunas esperanzas. Dos gobiernos sucesivos que terminan sus mandatos sin rupturas institucionales, presidentes con bajas aprobaciones que les impiden jugar el juego del caudillismo mesiánico, algunas mejoras en el funcionamiento de las instituciones, una opinión pública muy suspicaz frente a la concentración del poder, medios de comunicación fuertes opuestos a estas tendencias, etc.

Quizás con un poco de suerte…

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