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Salir de la crisis tiene un precio

Salir de la crisis tiene un precio

La voz, todavía no el veredicto pero ya una impresión que cobra solidez, de los mercados se expresa en los patios de valores. Nuestro IBEX-35 ronda, por debajo pero cada vez más cerca, los 11.500 puntos, con lo que es natural que los inversores se animen. No es cosa de llamarnos a engaño respecto a la situación de la crisis, cuyo fin todavía se hará esperar y desde luego, en España, no un poco sino es probable que bastante más que en otros grandes países europeos, como Alemania y Francia. El debate que ha tenido lugar esta semana en el Congreso sobre la situación de la economía ha fortalecido el convencimiento de que ZP está paralizado en el ámbito de la política económica, más que en los tiempos del poco activo y demasiado complaciente, pero al menos serio y sólido, Pedro Solbes.

Los principales protagonistas de la actividad económica real, esto es, los empresarios grandes, medianos y pequeños, y también los autónomos y profesionales, se muestran desconcertados por el rosario de verdades a medias, mentiras a secas y sobre todo incongruencias, desarrollado en la tribuna del Congreso por un Rodríguez Zapatero fiel a su técnica, nada ética pero eficaz a juzgar por los resultados que ha dado a su carrera política, de decir al mismo tiempo una cosa y su contraria sin parecer incómodo ni afectado por ello ¿Acaso el “nuevo modelo de economía sostenible” no era para romper la llamada “dependencia del ladrillo”? ¿Cómo se compagina eso con el tardío, aunque sensato criterio, de que la salida de la crisis necesita de la recuperación de ese sector? Al presidente no le preocupa la coherencia lógica del discurso sino únicamente su eficacia mediática respecto a sus votantes.

El discurso del actual presidente del Gobierno no está dirigido a la generalidad de los ciudadanos, sino que es deliberadamente partidista y diseñado no para convencer, sino para halagar a poderosas masas de votantes, que son las suyas, subordinando absolutamente todo a la eficacia en las urnas. El momento le resulta incómodo, porque hay verdades imposibles de ocultar, por ejemplo, que España está e irá sensiblemente por detrás de los otros grandes países de Europa, como Alemania y Francia, en el proceso de salida de la crisis, y que cuando salgamos lo haremos no sólo más tarde, sino también en peores condiciones que nuestros socios de la Unión Europea. Al presidente no le preocupa que la realidad sea la que es, sino únicamente  la probabilidad de que, como las ásperas verdades han empezado a ser percibidas por la opinión pública, ello se traduzca en esa ventaja del PP, pequeña pero que cambia el escenario, en todas las encuestas de las últimas semanas, incluidas las oficiales. 

De ahí la atención e interés suscitados por el discurso del portavoz de la minoría catalana en el Congreso, Josep Antoni Durán i Lleida, discurso en el que no sólo este comentarista, sino muchos otros y a juzgar por los sondeos de urgencia, una mayoría de ciudadanos de plurales ideologías, hemos percibido la orientación que sería deseable en las horas inciertas que debemos cruzar ahora entre el fondo del pozo de la crisis y el umbral de la recuperación. Que en las televisiones de mayor audiencia se le haya empezado a preguntar, siendo el portavoz de una pequeña minoría parlamentaria nacionalista, si aspiraría a presidir el Gobierno del Estado no es, ni mucho menos, una incongruencia, sino el precipitado lógico del análisis sereno de la realidad. Con su acreditada prudencia, Durán i Lleida ha hecho ver que esa hipótesis no sería viable en las actuales circunstancias.

Es natural que muchos hayan empezado a preguntarse cuánto tardará otro político, el líder del PP Mariano Rajoy –quizá menos brillante y seguramente menos preparado en las cuestiones macroeconómicas, pero también honesto y fiable– en darse cuenta de que los ciudadanos reclaman el abrazo del PP con las minorías nacionalistas para hacer viable, cuanto antes, una alternativa real no al actual Gobierno, sino a la actual situación de dramático desgobierno.

Estamos en una encrucijada histórica y España se merece políticos a la altura de los graves problemas y las grandes oportunidades, capaces de abandonar la demagogia y abrir el diálogo de una amplia concentración. Cualquier cosa menos seguir sin norte ni rumbo, con este Gobierno que ha renunciado a la gestión de la economía y del consenso político y social y se ha entregado por entero a la propaganda y a estrategias mediáticas para la permanencia en el poder. La verdad es que todo, y no sólo la ausencia de política económica coherente, empieza a cobrar tintes de disparate, mientras el Gobierno parece empeñado en tener por amigos a lo peor de cada continente. Ya hay quienes, y no irrelevantes, empiezan a decir en los grandes centros atlánticos de decisión que España, con el actual Gobierno, no es el aliado fiable que fue con todos los anteriores inquilinos de La Moncloa.

Con el PP por delante del PSOE en las encuestas de ámbito estatal, es mucho lo que se juega en que Mariano Rajoy sea capaz de animar y lograr esa vertebración histórica de España que supondría el acuerdo del centroderecha español con las minorías nacionalistas, no sólo las moderadas como CiU, el PNV y la canaria CC, sino incluso con otras más radicales o más a la izquierda, que pudieran abrir el camino a un diálogo transversal histórico. ¿Por qué no, si es para la integración social y territorial y el progreso de esta gran nación que llamamos España, que merece salir de las posiciones de periferia y compartir, con Alemania y Francia y a su mismo nivel, la centralidad de la UE? 
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