La primera disposición transitoria de la Constitución dispone: “En el plazo máximo de trescientos sesenta días, se aprobarán las siguientes leyes...”, y luego las enumera.
Sin embargo, sin fundamento alguno, con la única finalidad de solapar su propio incumplimiento, -ya que no hizo las leyes- la Asamblea adoptó la insólita decisión de prorrogar el plazo para expedirlas, irrogándose una competencia de la que carece constitucionalmente. Esto es causal de disolución de la Asamblea según dispone el Art. 148 de la Constitución.
Soñemos entonces, que -por primera vez en este Gobierno- se va a acatar el mandato constitucional y que el Presidente va a aplicar el Art. 148 de la Constitución, solicitando a la “autoproclamada Corte Constitucional” el dictamen favorable que le permita disolver la Asamblea Nacional.
Soñemos también que una vez disuelta la Asamblea, el Consejo Electoral convocara a “elecciones legislativas y presidenciales para el resto de los respectivos períodos” como dice el Art. 148 de la Constitución. Y hasta aquí soñamos, pues no podemos ser tan ingenuos de pensar que el Presidente disolverá la Asamblea, pues de la lectura de la disposición constitucional se deduce que si lo hace, él también se va a su casa.
Es decir que la famosísima “muerte cruzada” –máximo descubrimiento científico de los iluminados de Montecristi- no funciona, pues el Presidente de la República jamás disolvería, la Asamblea sabiendo que el también tiene que terminar su recién iniciado periodo presidencial desistiendo de su segunda re elección, que en lenguaje ecuatoriano quiere decir la primera, pues “la gran sapada” de Montecristi fue “inventar” que la primera re elección –que ya se produjo-no cuenta.
Comprobar lo afirmado no presenta ningún problema. Solo hay que preguntarle al señor Correa si se encuentra dispuesto a irse a su casa, solicitando a la Corte Constitucional que le emita el dictamen favorable para disolver la Asamblea por haberse irrogado funciones que no le competen, según manda el Art. 148 de la Constitución.
Reitero lo dicho: soñar no cuesta nada.
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