El cuento me lo regaló mi amigo Omar Chisari, flamante y merecido Académico Titular de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.
Se trata de un experto gourmet que se entera en un boliche de un pueblo, perdido en el medio de la nada, se cocinan unas increíbles empanadas de perdiz. Ilusionado, se dirige al pueblo en cuestión, localiza el lugar y pide su empanada. La prueba y, efectivamente, le parece un manjar. Pide otra y otra, y así hasta saciarse con una docena. Cuando termina, felicitando al cocinero, le pregunta: ¿Dígame, de dónde sacan las perdices para el relleno, no me pareció que hubiera muchas perdices en la ruta hacia aquí?
Efectivamente. Ese es un problema, le responde el cocinero. Por eso la tuvimos que mezclar con carne de caballo.
Así que la mezclan con carne de caballo ¿Y en que proporción?
Y, mitad y mitad.
¡Ajá! Se admira el comensal, 50% carne de caballo, 50% carne de perdiz.
No, responde el cocinero-Un caballo, una perdiz, un caballo, una perdiz.
El cuento viene a cuento, porque también este crecimiento argentino se ha construido en base a proporciones diversas, que detallo en forma separada por un problema de exposición, pero que se interrelacionan y alteran mutuamente.
En primer lugar, la proporción entre escenario internacional extremadamente favorable, en precios internacionales de los productos de exportación y en tasas de interés y liquidez financiera y escenario local, con superávits gemelos, y política cambiaria de tipo de cambio alto.
En segundo lugar, la proporción entre el uso de capacidad ociosa, tanto de bienes de capital, como de mano de obra y la nueva inversión.
En tercer lugar, la proporción en los ingresos de la población, entre mayor empleo y mayores salarios.
En cuarto lugar, la proporción entre ingresos, crédito y desahorro, para financiar consumo.
En quinto lugar, la proporción entre mayores ingresos y licuación del gasto para obtener el superávit fiscal mencionado.
En sexto lugar, la proporción entre más exportaciones y menos importaciones para lograr el superávit comercial también ya mencionado.
Y, por último, aunque esta lista no pretende ser exhaustiva, la proporción entre cantidades y precios, en la respuesta al shock de demanda. Crecimiento real, e inflación.
Todas estas proporciones y su interacción han estado cambiando dinámicamente a medida que la economía fue recuperándose primero y creciendo después. Y de la variación de estas proporciones, y de la respuesta a esa variación de los agentes económicos, dependerá el futuro de mediano y largo plazo de la Argentina que hoyt tanto intrigan, ya que nadie duda del crecimiento de corto plazo.
Veamos.
A medida que el superávit fiscal se va reduciendo, porque el gasto crece a mayor ritmo de lo que crecen los ingresos, mayor será la dependencia de dicho superávit de los precios internacionales y el tipo de cambio-para maximizar la recaudación de los impuestos a la exportación y el nivel de actividad, en especial en las provincias- y de la tasa de interés internacional- que define, a medida que va venciendo deuda y hace falta renovarla parcialmente, el monto de los intereses a pagar-. Un tema es claro, el piso al cual puede llegar el superávit fiscal, sin poner en riesgo el “ancla” que significa para la macroeconomía argentina. Ese “número mágico” ronda el 2% del PBI, monto que permite pagar los intereses y un poquito más, de manera que la deuda sólo se incremente por ajuste por inflación y vaya decreciendo lentamente en términos de PBI. Todavía hoy existe cierto margen, inferior a un 1% de PBI, pero margen al fin.
Por supuesto que siempre se puede generar algo más de inflación para aumentar los ingresos y, si se retrasan ajustes, en especial en jubilaciones, volver a aumentar el superávit. O siempre se puede volver a transferir fondos de las AFJP al sistema de reparto para financiar a los nuevos jubilados por la generosa moratoria decretada por el gobierno, al menos en el corto plazo. Pero esto último tiene un límite y, también, en parte y por ahora, depende de la “libre elección” de los afiliados. También tiene un límite el impuesto inflacionario debido a otra “proporción”.
Me explico. Mientras la tasa de desempleo era elevada e iba bajando, los ingresos de las familias crecían por dos razones, aumento del empleo-un miembro más de la familia podía trabajar- y por los aumentos salariales. Mientras esto ocurre, se puede “usar” más la inflación como mecanismo licuador del gasto, porque, en parte, el menor salario real es compensado por el mayor empleo. Sin embargo, hasta ahora, presiones oficiales, buen nivel de actividad, y poca necesidad de nuevas inversiones mediante, han sucedido ambas cosas, crecimiento del salario real, en promedio, y del empleo, mejorando fuertemente los ingresos de las familias. Pero una vez llegado al cuasi pleno empleo de la mano de obra empleable, los ingresos disponibles dependerán cada vez más de la evolución del salario real y menos de la suma de ambas cosas-empleo y salario-.
De manera que si se quiere usar más impuesto inflacionario para mejorar los recursos fiscales, eso afectará directamente el ingreso disponible de la población, reduciendo la demanda y, por supuesto, la “popularidad” del gobierno. De allí que llegando al pleno empleo de la mano de obra, el margen de maniobra con el impuesto inflacionario es menor, porque no se puede compensar con mayor empleo.
Y esto me lleva a otras dos proporciones. La primera, se vincula con el tipo de cambio real alto. Si se miran “niveles” es cierto que el tipo de cambio real de la Argentina ha quedado bien alto respecto de períodos anteriores. Pero no es menos cierto que, inflación mediante y tipo de cambio nominal “clavado”, el tipo de cambio real no deja de caer desde hace rato. Lo que sucede es que el resto de las monedas de los países con los que comerciamos, con excepción de los Estados Unidos, se han revaluado respecto del dólar y, por lo tanto, respecto del peso. De manera que el tipo de cambio real alto depende más de la revaluación de las otras monedas, que de la devaluación del peso. Y este es el segundo “ancla” del sistema. En la medida que el tipo de cambio esté fijo-sumado a un superávit fiscal que pague los intereses de la deuda-es difícil imaginarse una aceleración de la tasa de inflación que sería una herida de muerte del actual modelo. Para que se entienda, una inflación de dos dígitos bajos, pero estables, es un problema, pero permite, ajustando salarios y jubilaciones, más o menos al mismo ritmo, mantener poder de compra, niveles de consumo, etc. Si la inflación se acelera, resulta imposible seguirle el ritmo desde el ajuste salarial o del tipo de cambio, lo que reduce el poder adquisitivo de la gente y, por lo tanto, el nivel de consumo. Y cualquier intento de acelerar los ajustes salariales, o el ajuste del tipo de cambio, terminan en una explosión inflacionaria aún mayor. Por lo tanto, por ahora, es necesario mantener más o menos fijo el tipo de cambio nominal y que la caída del tipo de cambio real la compense la suba de las otras monedas. Pero mantener fijo el tipo de cambio, en un escenario de sobre oferta de dólares, implica que el Banco Central tiene que comprar con emisión y luego colocar deuda, subir encajes, etc para evitar que la emisión excedente afecte la tasa de inflación. Y aquí aparece otra proporción que no había mencionado antes. La de la colocación de reservas, contra el pago de los intereses de la deuda del Central. Las reservas colocadas a interés deben rondar hoy los 36.000 millones de dólares y la deuda del Central los 15.000 millones de la misma moneda. (No quiero ser pesado, pero el Presidente se enorgullece por un monto de reservas “brutas”, cuando, en realidad, hay que mirar las reservas “netas de deuda”). Lo cierto es que mientras el diferencial de tasas entre colocación y deuda y los montos de reservas y deuda del Central se mantenga en esta proporción todo bien. Pero si la tasa de interés local aumenta, o al gobierno se le ocurre usar otra vez parte de las reservas, para aportar al Banco del Sur, o pagarle al Club de París, o comprar YPF, la proporción reservas-deuda cae y podemos empezar a tener déficit cuasifiscal (es decir tener que emitir pesos para pagar la deuda, por encima de los fondos que recauda el Banco Central por colocar las reservas). Esto marca el límite que tiene la política de acumulación de reservas y de tipo de cambio fijo. Y también la política de suba de tasa de interés, que no puede superar el diferencial de riesgo percibido para la Argentina porque, si no, ingresan más dólares y hay que esterilizar más. Cualquier intento por indexar el tipo de cambio o usar las reservas puede afectar la tasa de inflación y acelerarla. Es por eso que, no me canso de insistir, las “anclas” nominales del sistema son el tipo de cambio fijo o cayendo y el superávit fiscal. Pero claro, con el tipo de cambio fijo, costos internos subiendo y pleno uso de la capacidad instalada, las importaciones aumentan y la tasa de rentabilidad de la producción local, si bien alta, empieza a caer, en la medida que la tasa de inflación interna, supere el ritmo de incremento de las monedas de los países con los que competimos. (y esto también le pone un “techo” a la tasa de inflación tolerable). Y esto me lleva a otra proporción. Hasta ahora, el crecimiento dependió de usar la capacidad instalada ociosa y de hacer inversiones de rápido recupero, para superar cuellos de botella o aprovechar una oportunidad específica. Llegados al pleno empleo, el crecimiento dependerá más de la nueva inversión que del stock existente. Pero la nueva inversión, a su vez, depende de la tasa de rentabilidad, que es alta, positiva, pero está cayendo y del contexto institucional, que se mantiene débil. De manera que, lo más probable, es que la tasa de crecimiento siga siendo positiva, pero declinante. Una tasa de crecimiento algo más baja, hace que los ingresos fiscales-a inflación constante- crezcan menos, y le pongan un límite al crecimiento del gasto, si no se desea cruzar la barrera clave ya mencionada. (Vieron que, como decía el filósofo tucumano, “todo tiene que ver con todo”).
A todo esto, y para no complicar un texto, por demás confuso, no incorporaré la cuestión del crédito. Básicamente, crédito para consumo, que ha permitido complementar el crecimiento del salario y el empleo, para aumentar la demanda interna. La capacidad de pago de “las cuotas del Plasma” depende, entonces, si el empleo ya llegó casi a su techo, de que el salario real no caiga. Es decir que los ajustes salariales sigan a la inflación y que la misma no se acelere. Y volvemos al punto de partida.
En síntesis. La Argentina sigue creciendo bien, pero su futuro depende cada vez más de que el escenario internacional mantenga los precios de exportación elevados y la tasa de interés baja. De que el superávit fiscal no cruce el piso del 2% del PBI-hoy está más cerca del 3 pero cayendo-. De que el tipo de cambio nominal siga fijo para no acelerar la tasa de inflación y de que el tipo de cambio real se mantenga alto gracias a la revaluación de las otras monedas contra el dólar (En especial el Real y el Euro). Y de que los salarios ajusten al ritmo de la tasa de inflación, para mantener niveles de consumo y pago de cuotas. A su vez, la inflación tiene que ser lo más baja posible para que el ritmo de caída del tipo de cambio real pueda ser compensado con la evolución de las otras monedas. Y que la tasa de rentabilidad siga alta para que las empresas inviertan, en un contexto en dónde ya no se puede jugar con el costo laboral y varios precios de insumos tienen que subir, por ejemplo los energéticos. Mientras se observa una grave debilidad del marco de reglas institucionales para atraer inversión de largo plazo.
Por ahora, una parte de las condiciones enunciadas-en especial las internacionales- se mantienen, asegurando una buena perfomance de corto plazo.
Para delante, como pudieron apreciar, la solución es muy fácil.
Sólo se trata de mezclar un caballo, una perdiz, un caballo, una perdiz.