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Navidad, navidad

Feliz Navidad! La cristiandad, el cristianismo empezó visiblemente con el nacimiento de aquel niño en una noche que no era un 25 de diciembre, pero eso es lo de menos. A los tres siglos el cristianismo había crecido en todo el imperio romano y más allá de sus fronteras. No por una decisión del emperador Constantino, contra lo que se lee en muchos libros doctos, sino porque los cristianos, los creyentes en la divinidad de aquel niño, hijo de una virgen judía llamada Miriam/María, formaban una comunidad intensa, capaz de engendrar esta “invencible obstinación” que tanto ofendía al ilustre Plinio el Joven, pero que proporcionaba inmensos regalos espirituales. El factor principal del crecimiento de la comunidad (Iglesia=asamblea) fue el esfuerzo unido y convencido de aquellos hombres y mujeres, cada día más numerosos, para invitar a sus amigos, parientes, vecinos a compartir “la buena nueva”. “¡Nos ha nacido un salvador!”. No se multiplicaron los cristianos por la decisión de Constantino de convertirse; él se convirtió porque se dio cuenta de que los cristianos formaban la comunidad religiosa más numerosa y dinámica.

Unos 2009 años después de esa Navidad, quizá 20012 o 13 porque parece comprobado que Jesús nació tres o cuatro años antes de nuestro año 0 de la era cristiana, los sociólogos hablan del “regreso de lo sagrado”, de “la revancha de Dios”, y los nietos de los anticlericales sinceros, de los liberales que asustaba la enorme dimensión de la Iglesia, se preocupan. Ese “regreso” obviamente vale para el islam y también para el judaísmo, pero no es lo mismo para las naciones antiguamente cristianas. Hasta se puede hablar, para las iglesias católicas, protestantes, ortodoxas de una erosión, desestabilización, creciente abandono de la práctica visible, la única que se puede medir.

¿El abandono de la práctica significa abandono de las creencias? Difícil decirlo, pero no deja de ser impresionante el éxito de las asambleas evangélicas y pentecostales, de los testigos de Jehová, mormones y demás, sin hablar de creencias totalmente ajenas al cristianismo como el ocultismo y el culto a la Santa Muerte. Llama la atención la difusión de una religiosidad de supermercado, de autoservicio: uno pasa con su carrito entre los estantes (espirituales) y lo llena con artículos que llaman la atención y despiertan el apetito. A las viejas iglesias les cuesta trabajo competir con tal “modernidad”. Además, en nuestras sociedades democráticas, las iglesias mismas han rebajado, banalizado lo sagrado, como si Dios mismo (dios, con d chica, escriben algunos) tuviese que perder altura, algo de su sentido supremo, de su posición absoluta encima de todas las existencias. Lo que el islam y el judaísmo no admiten.

La religión no se muere, se privatiza y sicologiza en función de nuestro individualismo triunfante; cada uno conserva y descarta lo que le conviene y practica como le conviene, cuando le conviene. Como Manuel Esparza, inefable líder del SME, o Daniel Ortega, candidato a la presidencia perpetua en Nicaragua, ambos propensos a hacerse retratar con la lengua de fuera para recibir la hostia de manos del sacerdote. No se ve en nuestros países venir la victoria de un ateísmo firme en sus convicciones metafísicas, sino la coexistencia, hasta en una misma persona, de un vago ateísmo indiferente con supersticiones y opiniones religiosas fluctuantes e indeterminadas.

Pero, al mismo tiempo, ha surgido un nuevo fenómeno, la voluntad entre ciertos cristianos de recobrar una identidad afirmada, de poner fin a la disolución de los años 1970-1990; después de la tentación de sumergirse en la cultura contemporánea (en la esperanza de bautizarla), viene la voluntad de ser diferente, distinguirse para vivir una modernidad cristiana. El fundamento de la fe cristiana es la afirmación de la encarnación de Jesús, el Cristo, su nacimiento, muerte por nosotros (y nuestros pecados), y resurrección. Por eso la fe cristiana trasciende todas las culturas y las informa todas. Por lo mismo no hay una cultura cristiana, tampoco una política.

Cuando uno lee Jesús de Nazaret, de Benedicto XVI, se da cuenta de que el autor está dialogando con Federico Nietzsche, sus desafíos y las consecuencias de sus retos: “Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado”, decía el filósofo en unas páginas fascinantes. Por eso su primera encíclica fue “Dios es amor”, para rebatir a Nietzsche cuando dice que Jesús es la máxima amenaza para la humanidad porque defiende a los pobres, débiles, esclavos, humildes, lo que imposibilita o dificulta el advenimiento del superhombre. Para poner fin a un discurso pesado y desearles a todos una feliz Navidad, citaré al poeta Guillermo Apollinaire:


La religión sola sigue toda nueva, la religión

Quedó sencilla como los hangares de Puerto Aviación

Sólo en Europa no eres antiguo ¡oh! cristianismo.

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Profesor investigador del CIDE

Opinión extraída del Periódico El Universal de México 20/12/09

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