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Haidar y Zhenghu: los aeropuertos como una nueva trinchera /I

La crónica es de Philippe Pons, el excelente corresponsal de Le Monde en Tokio (Je veux rentrer en Chine, 19-XII) y habla de Feng Zhenghu, un ciudadano chino de 55 años que reside en Shangai y que desde el 4 de noviembre acampa en un escalón frente a las ventanillas de control de pasaportes, en el aeropuerto internacional Narita de Tokio. En su camiseta, la causa de su lucha: “Soy chino y quiero volver a mi país”.

En los últimos cinco meses, Zhenghu ha intentado en ocho ocasiones retornar a China: cuatro veces fue devuelto a Tokio por las autoridades de migración, y las otras cuatro, las compañías aéreas se negaron a embarcarlo para no tener que traerlo de vuelta. Él ya ha demandado a Norhwest Airlines y Air China por haberse negado a subirlo pese a tener sus papeles en regla. La última vez, precisamente el viernes 4, Zhenghu fue enviado por la fuerza en un avión desde Shanghai a Tokio. Entonces decidió no entrar a Japón sino permanecer en esa tierra de nadie entre el descenso de los aviones y la ventanilla de inmigración.

“Yo no quiero entrar a Japón. Quiero volver a mi país. Si entro a Japón, nadie prestará atención a mi situación: un chino que no tiene derecho de volver a su casa”, dice el eterno pasajero en japonés dudoso en un encuentro en la sala de llegada del aeropuerto donde es entrevistado regularmente por los periodistas extranjeros y japoneses. Recientemente declinó una propuesta de ayuda del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, que le otorgaba el estatuto de refugiado. “Yo tengo un país y no estoy pidiendo ser asilado por nadie”, responde Zhenghu.

Si no fuera porque este economista y militante por la democracia y los derechos humanos instaló su campamento en la terminal de Narita el pasado 4 de noviembre, podría decirse que la lucha de la activista del Sahara Occidental, Aminatu Haidar, ya tuvo su primer discípulo. Pero ella comenzó su huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote (España) diez días después, el 16 de noviembre, cuando el gobierno de Marruecos le quitó el pasaporte y le impidió regresar a su casa en la ciudad saharahui de El Aaiún. Treinta y dos días después, y a un costo muy alto para su salud, Haidar le ganó la pulseada a Marruecos, y de paso a España, obligando a ambos gobiernos —involucrados desde hace décadas en el control de ese territorio— a permitirle reencontrarse con sus hijos.

Al igual que Haidar, Zhenghu estuvo preso tres años por su libro, publicado en 2000, sobre las empresas japonesas en Shanghai, el centro financiero y comercial más grande de China, lo que molestó a Pekín por las “operaciones económicas ilegales” que ahí se denuncian.

Opinión extraída del Periódico Milenio 21/12/09

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