Las últimas pruebas de evaluación de la enseñanza en Matemática y Lenguaje, cuyos resultados se conocieron semanas atrás, arrojaron pocos resultados alentadores como en años anteriores. A pesar de los cambios de escalas y metodologías, la cuestión de fondo es la misma: los logros son insuficientes.
En Matemática, el 68,8% de los estudiantes evaluados en cuarto año de educación básica obtuvieron calificaciones entre regulares e insuficientes. El 80,4% del décimo de básica se halló en esos mismos niveles, así como el 81,1% en tercero de bachillerato. En Lenguaje y Comunicación, el 67,5% del cuarto año de educación básica se ubicó entre regular e insuficiente, al igual que el 53,2% del décimo y el 50,3% del tercero de bachillerato.
La evaluación de conocimientos, destrezas y habilidades es una señal de la baja calidad de la enseñanza nacional. Frente a esos resultados, la evaluación docente cobra mayor sentido, porque el esfuerzo clave para mejorar la calidad de la educación pasa por revalorizar la función docente y por contar con mejores maestros. El conjunto de evaluaciones obligatorias a los profesores permite conocer cuáles son las fallas en su formación profesional y buscar resolverlas con cursos y otros procesos sistemáticos de mejoramiento docente.
Esta evaluación debe ser una práctica periódica y servir para crear incentivos a la excelencia en el desempeño docente. A pesar de la oposición del gremio de maestros, se ha conseguido que un porcentaje mayoritario de ellos se sujete a la evaluación. Es solo el primer paso. Después, corresponde dar oportunidades de mejorar los conocimientos y destrezas profesionales a los maestros. Y con esta finalidad, es urgente generar incentivos sobre todo en el escalafón para que no sea solo la antigüedad o el tiempo de servicio la variable para mejorar el sueldo, sino que la excelencia en el desempeño docente se premie con las remuneraciones.