Herman Van Rompuy, primer presidente estable del Consejo Europeo, era un político poco conocido, por no decir desconocido, en España hasta que el destino, en forma de Tratado de Lisboa, hizo coincidir su ascensión con el soñado semestre europeísta de
Zapatero. La poca vista de Zapatero y sus fieles, que creían que la presidencia de turno les ofrecería una “conjunción planetaria”, según
Leire Pajín, para lucirse en el interior con las mejores galas de la política intercontinental, ha chocado con la realidad de que solo le permite torear “al alimón” con el presidente Van Rompuy. Porque, sin necesidad de salirse de su apariencia discreta, Van Rompuy se ha convertido en la contrafigura de Zapatero. Quizá no tiene la facundia y la osadía de nuestro Presidente pero tiene, precisamente, la sensatez de que carece Zapatero.
.png)
Van Rompuy, como político belga, tiene muy claro el valor de la unidad del Estado, en un país con problemas de cohesión mucho mas graves que los que intentan promover las minorías nacionalistas en España. Su colaboración con el grupo Coudenberg en el libro “El coste de la No-Bélgica” expresa el más claro y preciso alegato ante la opinión pública del precio que supone la desmembración de un Estado para todos y cada uno de sus ciudadanos. Van Rompuy no considera “discutida y discutible” la armonía de la comunidad política a la que pertenece. Pero no se limita a consideraciones económicas en su visión de los factores vertebradores de la sociedad europea. Recientemente, en la Alianza Francesa de París, en tierra donde la separación entre la Iglesia y el Estado está tradicionalmente establecida, Van Rompuy subrayó lo esencial de las raíces cristianas de Europa, aunque el Tratado de Lisboa no se haya atrevido a mencionarla por la presión del laicismo intransigente. Estos dos matices bastan para comprender lo que puede pensar de la ambigua superficialidad de Zapatero.
El problema no está, sin embargo, solo en los principios sino en el formato conveniente para afirmarse como tal presidente estable en beneficio de las instituciones comunes. No vale pensar que, por ser la primera vez en que debe compatibilizarse una presidencia efectiva con la ocasional, sea conveniente ceder terrenos o apariencias. Porque después de Zapatero vendrán otros turnantes de otras naciones que se consideren con iguales derechos. Rompuy no puede oscurecerse para dar gusto al exhibicionismo frívolo de Zapatero. Su veteranía política y su formación intelectual le permiten actuar desde el despacho de Bruselas y al frente de los recursos ejecutivos europeos con una seriedad que no puede imitar Zapatero ¡Que mala suerte que, cuando mas falta le hacía, le cortaran las alas a Zapatero antes que a nuestra águila constitucional del Parlamento Europeo!