lunes 07 de junio de 2010, 22:27h
Última actualización: lunes 07 de febrero de 2011, 13:44h
Asistimos en estos días a la etapa más explícita de nuestra pertenencia a la Unión Europea. Nuestro presidente del Gobierno ha tenido que bajar de su particular burra, como se dice en Castilla, y aceptar las instrucciones que nuestros vecinos le han puesto “in extremis” para sanear el crítico estado en que nos encontramos. Todos sabemos que cada día que pasa en lo económico se producen unas consecuencias que hay que pagar nos guste o no. Sin embargo, el hacerlo a la fuerza o regañadientes por el Gobierno está retrasando peligrosamente nuestra mejoría. La medicina está bien en un determinado estadio de la enfermedad, pero si ésta se encuentra ya prolongada hay que aplicar la cirugía.
Nuestro abatido y errático Gobierno se resigna cansinamente a poner en práctica el tratamiento. Pero actúa sin ilusión, porque sabe que ha conducido a los ciudadanos por un camino equivocado. Ahora la rectificación no ha sido suya, sino de otros, y eso no es fácil de explicar si no asume plenamente el error propio y así se hace saber, sin ambages, por boca propia. Ahí está la causa de que no pueda ser el mismo presidente que ha generado la grave enfermedad el que transmita ilusión y exija sacrificios para sanarnos. El juego de las mayorías parlamentarias impone sus reglas y cada cual que asuma sus responsabilidades. Sin embargo, sabiendo que esto es así, los poderes públicos que no son Gobierno Central, es decir autonomías y entidades locales, han de asumir sus particulares responsabilidades; y, dentro de sus competencias, engendrar ilusión en sus ciudadanos y, con el ejemplo, corregir con medicina adecuada sus problemas. A pesar de todo, los sufridos contribuyentes vemos el ingente parque de coches oficiales que no cesa, la inflación de empresas públicas con gastos más que desorbitados, el mantenimiento por inercia de entidades públicas con un contenido ya escuálido - que no justifica el personal que tiene adscrito - ,la escasa eficacia de muchos cargos vacíos de contenido, la excesiva frecuencia con los cargos públicos acuden a restaurantes a cargo de los impuestos, los gastos corrientes en presentaciones, inauguraciones, dietas y demás gabelas. En fin, la grasa que no deja ver el músculo de nuestras administraciones autonómicas y locales. Hay a veces tanta grasa, que no sabemos si existirá músculo detrás.
De que existan políticos valientes y disciplinados que se impongan un ejercicio duro, evitando el gasto y aumentando el trabajo, depende que la silueta de estas administraciones sea digna de poder presentarse en público. Si no diremos también que lo harán tarde, cuando se les obligue y a regañadientes.
Jesús Pérez López. Abogado