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Los sindicatos, al abismo con todos nosotros

Los sindicatos, al abismo con todos nosotros

Dicen que los dioses, cuando quieren perder a los hombres, primero los ciegan. También dicen que no hay peor ciego que el no quiere oir, además de no querer ver. Hablé recientemente con algunos responsables sindicales, que me dijeron que, para ellos, la convocatoria de huelga general era lo más indeseable: no solamente estaban –y están— convencidos de que es una mala solución para los problemas económicos de España, sino que, además, saben que para ellos es un peligro. Y, sin embargo, se han visto arrastrados a una convocatoria peligrosa y creo que nefasta, para todos y también para ellos. Porque ¿qué ocurre con los sindicatos si, como ya ocurriera el 1 de mayo pasado, o con la huelga de funcionarios, casi nadie sigue sus consignas? 

    Jamás participé del tiroteo contra los sindicatos, ni de la burda descalificación que de las organizaciones antes llamadas obreras hacen algunos sectores: las representaciones de los trabajadores, organizados para evitar los abusos, tienen y siempre tendrán que existir, y deben ser tuteladas por el Estado. Pero cada vez estoy más convencido de que gentes tan honestas e inteligentes como Cándido Méndez o el líder de CCOO, Fernández Toxo, tienen que replantearse el papel de lo que se calificó como ‘sindicatos de clase’, que es un concepto que ahora sospecho que ya no todos entienden. 

    Si estamos por el cambio en profundidad de las estructuras sociales, los sindicatos –y ya no digamos la patronal—han de reflexionar muy a fondo sobre dónde estamos y hacia dónde vamos. Porque, para bien o para mal, esta sociedad que vivimos, disfrutamos y, ay, padecemos, ya no es la misma, y algo, bastante, tiene que cambiar para que el sistema básico siga en pie, ya que no igual que hasta ahora.

    Lo dicho: no será con huelgas generales, que empobrecen al país y ofrecen una mala imagen de España a los parece que sacrosantos mercados exteriores, como saldremos del atolladero. Con el paso que están a punto de dar –quisiera suponer que es aún reversible--, los sindicatos se alejan más de la ciudadanía y prestan un muy flaco favor al bienestar de la economía nacional, es decir, de todos nosotros. ¿Queremos acaso ir todos juntos al abismo?

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