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Prudencia

Prudencia

martes 06 de julio de 2010, 21:46h
Última actualización: lunes 07 de febrero de 2011, 13:44h
La solidaridad es un invento del primer mundo. No sé si el término “primer mundo” sigue siendo políticamente correcto, aunque quizá no lo sea porque ahora gustamos de no llamar a las cosas por su nombre. Así, los gitanos hace años que dejaron de serlo para ser miembros de una etnia, los negros son personas de color, algunos hijos de puta son maltratadores, Pero, en fin, hoy hablaré de solidaridad en el “mundo desarrollado” , y seguro que todos nos entendemos.

La solidaridad es consecuencia de no querer cerrar los ojos ante las injusticias, y probablemente también por el malestar que nos entra después de ver, sentados cómodamente en el sofá de casa, cómo el hambre, la guerra o la miseria, se ceban en esos países que muchos no somos capaces ni de situar en un mapamundi. Y está bien, y es loable, que haya personas que se rebelen viendo de qué forma la injusticia machaca a amplios sectores de la población mundial, y decidan, en consecuencia, hacer algo. Así, muchos acuden a llenar los bancos de alimentos, otros se hacen socios de Cruz Roja, y algunos más se apuntan a una ONG que lleva medicamentos y víveres hasta las zonas afectadas. En todos los casos su labor es admirable, pero el hecho de que a uno le salga la vena solidaria y revolucionaria, nada tiene que ver con que pierda la perspectiva de las consecuencias de su acción. Dicho en cristiano: las ganas de ayudar no nos pueden costar disgustos, dinero y a veces vidas a todos los demás.

Viene este comentario a cuento de la aventura del grupo de catalanes solidarios secuestrados en Mauritania y finalmente rescatados por el Ministerio español de Asuntos Exteriores que, dicen, ha soltado un pastón considerable para que pudieran volver a casa sanos y salvos. En un blog recientísimo acabo de leer una dura crítica que debería hacernos reflexionar a todos: “La excursión por el Sahara, además de inútil era temeraria y peligrosa, porque allí hay de todo, solo hace falta dinero para comprar, y atravesar el desierto es una pijada de niños ricos creándose sus aventuras. Un insulto más a los africanos”. Otro que opina que la solidaridad está bien, pero no hace falta jugar a ser salvadores para echar una mano. Hay otras maneras menos llamativas, escandalosas o peligrosas, pero también efectivas. Y lo que es más importante: menos caras para todos los habitantes de un país, que somos solidarios, prudentes y paganinis de las excentricidades de otros.

Conociendo un poco el continente, creo que la denuncia está justificada y termino haciéndome una pregunta: ¿cuántos males se hubieran resuelto si el gobierno español hubiera empleado el dinero del rescate en medicinas para los negros? Perdón, para los ciudadanos de color.

Francisco Cantalapiedra. Periodista.
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