miércoles 08 de septiembre de 2010, 05:52h
Última actualización: miércoles 13 de octubre de 2010, 06:43h
Ha muerto un hombre clave en la renovación de los estudios historiográficos en Bolivia. Alberto Crespo Rodas (La Paz, 21/09/1917 – ídem, 30/08/2010) culminó la obra docente iniciada, en la Universidad Mayor de San Andrés, por Humberto Vázquez-Machicado y secundada por María Eugenia de Siles, los esposos Mesa-Gisbert, Teodosio Imaña Castro, José Luis Roca y otros. Después de un largo exilio, Crespo Rodas retornó al país en los años 60 y aplicó en la UMSA sus conocimientos adquiridos en la Universidad de San Marcos de Lima, uniéndolos a la obra archivística e historiográfica de Gunnar Mendoza, Lewis Hanke, Charles Arnade y Thierry Saignes. Por su cuenta, Herbert Klein contribuyó, años después, a consolidar esta modernización de los estudios históricos en nuestro país. Gracias a Crespo Rodas, Bolivia cuenta, hoy en día, con un elenco de valiosos historiadores.
La muerte le llegó en florida ancianidad, pero nos deja como legado precioso su probidad intelectual y su pasión boliviana como trasfondo ético esencial de toda su obra. Nos deja libros fundamentales como La guerra entre vicuñas y vascongados (1956), Esclavos negros en Bolivia (1977), Alemanes en Bolivia (1978), Exiliados bolivianos del siglo XIX (1997) y tres libros valiosos dedicados a su pequeña patria: Historia de la ciudad de La Paz, siglo XVII (1961), El corregimiento de La Paz. 1548-1600 (1972) y Alonso de Mendoza (1980). Entre otras virtudes pedagógicas que le consagraron como maestro se pueden citar su capacidad para despertar entusiasmo en los jóvenes investigadores y su don para unir voluntades en proyectos colectivos. Así publicó la biografía de su padre Vida y obra de Luis S. Crespo (2008, escrito con su hermano Alfonso), La vida cotidiana en La Paz durante la guerra de la independencia, 1800-1825 (1975) y Siporo (1984), ambos en colaboración con discípulos suyos.
Pero Alberto no fue sólo historiador y maestro de historiadores; fue, además, político, diplomático, memorialista, biógrafo, organizador y director de archivos y bibliotecas, entre otras actividades académicas. Tímido por naturaleza y honesto por convicción, confesó que la política no le interesó hasta que un grupo de amigos lo enroló en el Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR). El PIR, con José Antonio Arze a la cabeza, proponía una reflexión marxista y boliviana de nuestra realidad, lo cual le complicó la vida. Aquella aventura acabó en la cárcel y el destierro.
El género memorialístico –poco frecuente en nuestras letras– fue cultivado por Alcides Arguedas, Gustavo Adolfo Otero, Tristán Marof y algún otro más. Por eso deben mencionarse sus dos libros de memorias –Tiempo contado (1985) y Recuerdo crepuscular (¿?)– como un hecho extraordinario. En sus memorias, Crespo Rodas retrata la actividad intelectual paceña de toda una época y filosofa, en plan existencialista, sobre la vida y la muerte. En esas páginas transidas de apasionantes recuerdos aparece el artista que Crespo Rodas siempre quiso ser. En el prefacio a Tiempo contado, el autor dice que “a medida que transcurre la vida, van también desapareciendo seres y cosas que fueron parte de la (propia) existencia. (…) Pero como nada es gratuito, uno se hunde junto con ellos”. Esa misma sensación me embarga al enterarme de la muerte de este compatriota que, además de ser mi amigo, fue un excelente escritor y un extraordinario maestro de historia. // Madrid, 07/09/2010.
* Escritor