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También todos pierden

   Frente a la tradicional consigna de los partidos, que siempre leen el resultado de las elecciones en clave positiva, también podría decirse que todos pierden. El porcentaje de abstención, por ejemplo, refleja que el entusiasmo que suscitan los principales partidos políticos no es precisamente delirante. La zaborrera campaña, repleta de golpes bajos, insinuaciones groseras y juego sucio, ha alejado a los espíritus comedidos a los que les repugna tener que elegir entre la tosquedad y la aspereza, o no se les ha enfadado lo suficiente para poner en marcha el "voto en contra".

   El PSOE en unas elecciones generales tendría muy difícil gobernar con estos resultados, y el PP debería volver a hablar catalán en la intimidad. Pese al precedente de la impresionante movilización en Navarra, los populares no han logrado activar el voto, mientras que el PSOE se enfrenta ante la agridulce posibilidad de pactos tan peligrosos que puedan tener una contundente respuesta en las próximas generales. Los que no han perdido han sido Gallardón, Aguirre, Barberá y Camps, en Madrid y Valencia, por parte del PP; y Belloch y, sobre todo, Marcelino Iglesias, en Zaragoza y Aragón, por cuenta del PSOE. La extraña amalgama llamada Izquierda Unida, que se camaleoniza en el País Vasco, continúa con sus melancólicos resultados, de tal manera que, sin prisas, pero sin pausas, parece encaminarse hasta la derrota final.

   Podría decirse que al maduro electorado español ni termina de convencerle la aventura de la negociación con los terroristas, ni está dispuesto a creerse que Rajoy posea el bálsamo de Fierabrás para diluir a ETA. Es decir, que ni guerra de Irak, ni Atocha, y es la banda asesina la que planea en el subconsciente de quien se acerca a las urnas, aunque sea para elegir al alcalde su pueblo.

En estas circunstancias perdedoras, tan peligroso puede ser adelantar las elecciones como cumplir el calendario.

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