martes 09 de noviembre de 2010, 16:11h
Actualizado: 26 de noviembre de 2010, 21:49h
La concesión del Premio Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa ha iniciado una revisión de su producción no solo narrativa, sino ensayística. Esta última registra cambios notables. Mientras en las primeras obras, Contra viento y marea (1962-1982), La verdad de las mentiras (1990), inclusive en sus memorias, El pez en el agua (1993), asoman las tensiones y los excesos típicos de los procesos de creación del personaje que escribe a propósito de los temas que aborda, en los escritos de esta década, muchos de ellos publicados en la revista mexicana Letras Libres, dirigida por Enrique Krauze, y en las columnas de El País de Madrid, un Vargas Llosa distinto aparece liberado de los conflictos de gestación de ese personaje.
Al revés de Carlos Fuentes que, incluso en su obra narrativa, no ha podido liberarse de esos malos demonios que terminan contaminando el texto de narcisismos y de arbitrariedades. Que terminan siendo edificantes porque pretenden servir a una causa, así sea la del ego.
En el Vargas Llosa de esta década, hay una visión más ecuánime de la vida y de sus pasiones. Ecuánime en el sentido de que ese personaje un poco arrogante, excesivamente preocupado de "asustar al burgués" y que tiene que dejar huella de su presencia en lo que escribe ha desaparecido. Por eso se puede hablar.
De este último período vale destacar los artículos sobre Menéndez y Pelayo, Ortega y Gasset como pensador liberal, Malraux y las bienaventuranzas de la acción y la civilización del espectáculo. El de Menéndez y Pelayo es magistral: lo único que el lector se lamenta es que no exista en las librerías locales su Historia de los heterodoxos españoles para salir a comprarlo inmediatamente sabiendo que, aunque fue un libro que reseñó las persecuciones en nombre de la fe y de la ortodoxia, fue por otra parte un precioso documento, una memoria histórica de la resistencia del pensamiento y de la lucha por la libre expresión en una cultura definida por el control y el examen.
Su visión de un Ortega liberal en el posfranquismo es una reflexión sobre el destino de los intelectuales que no pactan con el poder, sea este de derecha o de izquierda, y que son excluidos.
Pero quizá su análisis sobre la civilización del espectáculo es el que merece una lectura obligada, porque es su visión del mundo de hoy, aunque pesimista y poco esperanzada si se quiere.
Esta civilización es la de un mundo en el que la pasión universal es escapar del aburrimiento al precio que sea. Convertida esta pasión en valor supremo, provoca la banalización de la cultura y la generalización de la frivolidad. La crítica es una especie en extinción y la información se reduce cada vez más a titulares. No está claro qué saldrá de esta civilización que hoy irrumpe sin memoria histórica y que se deleita en contemplar catástrofes que aniquilan a su propia especie y que hace de la exhibición de su vida privada un pretexto más para la diversión.
"La civilización del espectáculo es cruel. Los espectadores no tienen memoria; por esto, tampoco tienen remordimientos ni verdadera conciencia".
alandazu@hoy.com.ec