Esta semana nos ha deparado al menos una buena noticia –no por esperada y descontada menos buena–, que ha sido la muy desahogada y expresiva de una amplia mayoría elección del liberal Joan Rosell, un empresario catalán serio, riguroso e intelectualmente preparado, como nuevo presidente de la patronal CEOE, tras la desafortunada etapa de Gerardo Díaz-Ferrán, que ha sido víctima de su crítica situación empresarial personal y de su reiterada tendencia a escoger con poca fortuna socios y colaboradores.
Rosell es un verdadero liberal, por formación y convicción intelectual, y tiene además excelente preparación para explicar y defender sus ideas, de manera que su elección no es una buena noticia para todos, y en cierto modo es una pésima noticia para el político que sigue atrincherado en La Moncloa, hermético incluso a las sugerencias de sus propios compañeros de partido y rechazado ya como interlocutor válido por todos los líderes europeos de primera magnitud. Lo mismo la alemana Merkel que el francés Sarkozy, e incluso se ha sabido esta semana que el británico Cameron, opinan que España debiera formar parte del bloque de cuatro países que son el núcleo duro de la Unión Europea, pero que ello es muy difícil mientras nuestro país siga dirigido por un político tan superficial y poco fiable como Rodríguez Zapatero, que está pasando rápidamente de ser un problema para el PSOE a ser un problema para España.
Es el propio PSOE el que puede y debe resolver este problema, para lo que le sobran figuras de primera magnitud y muy reconocidas y respetadas en la Unión Europea, con lo que aún estaría a tiempo de evitar el terremoto político de esa moción de censura que es ya un clamor por toda nuestra geografía política y cuya presentación cada vez le será más difícil diferir a Mariano Rajoy, en el obligado cumplimiento de sus responsabilidades como líder del principal partido de la oposición. Lo cierto es que cada día que Rodríguez Zapatero sigue en La Moncloa se acentúa el deterioro del crédito internacional de España y en el interior se hace más visible el malestar ciudadano, que ya es prácticamente transversal, desde las derechas a las izquierdas. He aquí que, en medio de sus desastres de gestión, incluso Díaz Ferrán supo darse cuenta de que, para superar la crisis, la CEOE necesitaba una nueva mano al timón, cedió ante quienes se lo reclamaban y convocó elecciones. ¿Tan terrible es la palabra elecciones para Rodríguez Zapatero que prefiere, hermético al clamor general no sólo de la ciudadanía sino incluso de los restantes líderes europeos, encadenarse al sillón de La Moncloa, cuando ya es general y transversal en todo el país la exigencia de unas elecciones generales anticipadas que permitieran, con un nuevo liderazgo, el acceso de España a las posiciones que nuestro país merece en los conciertos europeo y global?
Nadie serio en Europa discute, y debemos ser conscientes de ello por lo mucho que significa, que España es un gran país, llamado a integrar con Alemania, Francia y el Reino Unido el “núcleo duro” de la Unión Europea, y sucede que, de esa merecida y deseable posición, sólo nos separa en estos momentos el convencimiento compartido por Merkel, Sarkozy y Cameron de que Rodríguez Zapatero no es un interlocutor fiable ni está a la altura que merece la representación y liderazgo de un país como España. El problema es personalmente Rodríguez Zapatero, de ninguna manera el PSOE. El hombre que llegó al liderazgo del PSOE para y sólo para evitar que lo hiciese José Bono –que ahora se ve que hubiera sido menos desastroso para el país y para el PSOE– es ya, en estos momentos, el gran problema no sólo de su propio partido, sino el gran problema de España, lo que nos mantiene injustamente en posiciones periféricas de la Unión Europea y lastra nuestro crédito en los mercados globales.
Llegados a este punto crítico, es muy importante evitar que la repulsa social a Rodríguez Zapatero pudiera llegar a traducirse en un inoportuno y peligroso retorno de los “demonios familiares” de nuestro país, tan afortunadamente superados por nuestra magnífica transición. Como cuando el inolvidable y gigantesco político Adolfo Suárez convocó a todas las fuerzas políticas a los entonces llamados “pactos de La Moncloa”,
vuelve a ser la hora de un gran esfuerzo político transversal y compartido, del que ninguna fuerza política debiera sentirse excluida. Naturalmente que una convocatoria de esas características no la puede hacer un político sin respetabilidad política ni crédito social como Rodríguez Zapatero, pero puede y debe hacerla un gran partido como es el PSOE, y es seguro que no le faltarían las asistencias de todas las fuerzas políticas de la derecha y de la izquierda.
El final del final es que España, esto es, los españoles –porque ¿qué otra cosa puede ser España que el conjunto de los españoles?– necesitamos urgentemente en La Moncloa un nuevo liderazgo, lo mismo da que sea de izquierdas o de derechas si es capaz y honesto, que pueda definir un programa y aunar esfuerzos para superar estos años terribles de Rodríguez Zapatero y trabajar para el retorno a aquel objetivo que, con su entrañable e insuperable ironía, explicaba, en los años de la transición, el “viejo profesor” socialista Enrique Tierno Galván: “No den ustedes tantas vueltas a las cosas, se trata sencillamente de algo tan simple y al mismo tiempo tan difícil como vivir todos juntos, vivir todos libres y a ser posible, vivir todos bien”.
Bien es cierto que, contra este gran objetivo, de recuperación de los valores de nuestra ejemplar y universalmente admirada Transición democrática, no sólo juega el penoso aferramiento al poder del fracasado Rodríguez Zapatero y su entorno, sino también y de forma cada vez más inquietante esa ultraderecha que nada tiene que ver con los grandes valores de la transición y que se muestra últimamente muy crecida en ciertos reductos mediáticos que son alarmantes para el mantenimiento de los grandes valores de la transición, pero ésta es otra historia a la que este comentarista promete dedicar, en fecha próxima, muy detallada atención, porque los sectarismos son todos perversos, lo mismo se afinquen en la izquierda radical como si lo hacen en esa ultraderecha cainita que nada tiene que ver con la derecha democrática que supieron movilizar Suárez y Calvo-Sotelo, y que obligó a la izquierda a competir igualmente por los valores de la convivencia democrática, que fueron los grandes valores de nuestra ejemplar y universalmente admirada Transición.