El socialista Jordi Hereu, alcalde en funciones de la capital catalana, acaba de escenificar junto a los correspondientes capitoste de Adif y de Renfe, el anuncio de que a finales de este año (sin precisar todavía la fecha) el AVE llegará a la ciudad. ¿Una buena noticia? Pues va a ser que no. Porque el tren de alta velocidad llega a una Barcelona resignada como dos largos años después de lo previsto. Y lo hace sin cruzar la urbe y sin que la anunciada aunque tremendamente problemática conexión con Francia (seamos serios, los vecinos del otro lado de los Pirineos no están por la labor) haya pasado más allá del tablero de diseño de los técnicos.
El propio proyecto, que Rodríguez Zapatero heredó del último gobierno de Aznar, era de por sí un disparate en su concepción inicial (el hoy consejero internacional del Grupo Murdoch había previsto velocidades de 350 kilómetros por hora), que se vio, además, dificultado por las idas y venidas del trazado metropolitano barcelonés, dado que las administraciones implicadas (Estado, Generalitat, Ayuntamientos) tardaron muchísimo en ponerse de acuerdo sobre el particular.
Hereu, que será alcalde en minoría, con el sólo respaldo de los ecosocialistas de Iniciativa per Catalunya-Verds, tras la espectacular espantada de Esquerra Republicana, vende –a la fuerza ahorcan—el retraso y el trazado (los túneles urbanos de las calles de Provenza y Mallorca, a menos de cincuenta metros de los cimientos de la Sagrada Familia) como un logro. Siguiendo el guión marcado por el Ministerio de Fomento, dice que es ya la única solución válida y que se completará en 2012. Cambiar el trazado por dentro de la ciudad supondría que la obra se demoraría hasta el año 2020. Que viene a ser algo así como pasar del Jurásico al Pleistoceno o viceversa.
Y, a todo esto, los barceloneses con más paciencia que el Santo Job, dispuestos a tragar –de hecho, en los dos últimos años es así—con lo que les echen. Malo fue el proyecto del Gobierno de Aznar en su fase de ejecución, la que acercó el AVE hasta Zaragoza y luego hasta Lleida. Malo sigue siendo el desarrollo de la última fase. Y pésimo es el resultado de la nefasta política del Ministerio de Fomento (Magdalena Álvarez, claro, en el punto de mira del columnista) y de su apéndice ejecutor el Administrador de Infraestructuras Ferroviarias. No contentos ambos organismos con el retraso, estrangulan día sí y día también el anillo de Cercanías de Renfe. ¿Alguien pone ya en duda que en las elecciones municipales del pasado 27 de mayo, el índice de abstención de la capital catalana fue de casi el 51%? ¿Qué tal si, para empezar, hablamos del tren y del caos circulatorio que las continuas averías de la red ferroviaria de Cercanías ocasiona por efecto de rebote? Pues eso.