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Director del Diario de Alcalá

Osa, y lesbiana

El Consejo de la Mujer de Madrid ha iniciado una campaña para lograr que se reconozca la condición femenina que, a su juicio, tiene el famoso plantígrado del escudo de la capital. “Soy una osa” es el lema elegido, quizá por un veterano colaborador de ‘Barrio Sésamo’, para librar una apocalíptica batalla que termine de una vez, según los apasionados promotores, con una injusticia “que invisibiliza lo femenino”.

El temor a recibir acusaciones de misoginia explica sin duda que, ante tamaña idiotez, la reacción del Ayuntamiento de Madrid haya sido aceptar el debate y mostrar su disposición a aceptar la transexualidad del pobre animal si la heráldica, la historia y la política avalan la conmovedora operación. Nadie ha salido hasta el momento, en fin, para decir sin apostillas ni justificaciones previas que la petición es una majadería y que la necesaria igualdad de sexos necesita de mejores paladines y causas más presentables para no devaluarse, no sea que en el viaje irrumpan los gremios que vampirizan algunas de las desigualdades de nuestro tiempo cargándole a uno de carteles y estigmas insoportables.

La pesada dictadura de lo políticamente correcto parece obligar a suscribir, de un tiempo ya remoto para acá, cualquier bobada que el primer colectivo de turno impulse para presumir de valores y obligar al de enfrente a posicionarse: o aceptas que la zona inguinal del oso esconde un secreto, o respaldas que la forma de combatir la homofobia es organizar una besada colectiva frente a la Asamblea de Madrid o, rápidamente serás arrojado a los infiernos por oponerte a algo tan sensato como la igualdad entre el hombre y la mujer o tratar de meros maricas a seres humanos con idénticos derechos a los tuyos.

Tengo para mí que este tipo de bochornos no sólo son estériles a los efectos buscados, sino que además logran el efecto opuesto: mientras las obligaciones objetivas de la Administración en cualquier ámbito donde existan las desigualdades puedan cubrirse aceptando que el oso tiene vagina y que además, por qué no, es lesbiana, el objetivo formal, menos luminoso pero más importante, seguirá presentando insoportables lagunas que, obviamente, no padecen estos profesionales de la marginación que tantos dividendos sacan de su pose barata. Ahora que se discute tanto sobre Clara Campoamor, aquella mujer formidable que defendió el voto femenino en la República ante el desprecio manifiesto de quienes decían que ello favorecería a la derecha, tal vez venga bien recordar un pasaje de su imprescindible discurso en las Cortes un remoto primero de octubre de 1931: “Yo y todas las mujeres a quienes represento queremos votar con nuestra mitad masculina, porque no hay degeneración de sexos, porque todos somos hijos de hombre y mujer y recibimos por igual las dos partes de nuestro ser, argumento que han desarrollado los biólogos.

Somos producto de dos seres; no hay incapacidad posible de vosotros a mí, ni de mí a vosotros”. Me da a mí que, el día que ante una propuesta más ovina que osezna, alguien responda con palabras así y, a continuación, dibuje un pene al dichoso oso de un brochazo, las causas nobles tendrán más éxito y las absurdas recibirán el reproche o la carcajada que merecen. No hay nada más machista, en fin, que ridiculizar a la mujer haciendo el oso. O la osa.

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