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Sobre nuestro sistema

      En España el rey ni reina ni gobierna. Esto, siendo bueno en sí  mismo, provoca una gran concentración de poder en la figura del presidente del gobierno. Esto tampoco es malo, de hecho, podría ser deseable. Sin embargo, resulta extraño y hasta rechazable en un país en el que los ciudadanos no podemos elegir directa y separadamente al jefe del ejecutivo.       En España los partidos nacionalistas se ven beneficiados tanto por el reparto D'Hont cuanto por la circunscripción electoral provincial. No se cumple lo de un ciudadano un voto y menos aún lo de todos los españoles son iguales en deberes y derechos. Con el actual –y obsoleto- sistema un partido nacionalista con 650.000 votos (ERC, 2004) obtiene 8 escaños y uno con 1.284.000 (IU, mismo año) obtiene 5. Es decir, a ERC un escaño le supuso 81.250 votos y a IU 256.800, 3.2 veces más. Como además los diputados se reparten primero por un criterio geográfico y luego por un criterio demográfico, un escaño en Soria en 2004 costó 20.000 votos y en Madrid 300.000, quince veces más.       Lo sensato a ojos de cualquiera es que si somos 25 millones –un ejemplo- los españoles con derecho a voto y 350 los escaños de diputados a cubrir, se dividiera lo uno entre lo otro: 71.428 votos por escaño. Con esta simpleza matemática ERC habría obtenido 9 escaños e IU 18. Por supuesto, los escaños que faltan habrían salido del sobrepremio que tienen PSOE y PP con el actual sistema. ¿Y cómo repartimos los restos? Es un problema matemático elemental, lo que no quiere decir simple. En este sentido, el sistema D’Hont, modificado o no, es francamente peor que el Cociente Droop, pero tampoco interesa a PP y a PSOE. Como dijo Óscar Alzaga, uno de los padres del engendro, el español “es un sistema original (como que nadie más lo usa en todo el planeta) y maquiavélico”.      Tenemos ahora que mirar inevitablemente a ese engendro llamado Senado. Se supone que es la Cámara Alta de representación territorial. En la realidad es una reunión inútil y costosísima que apenas representa a nadie y, desde luego, inoperante según el criterio territorial.      Lo lógico sería que para el senado la circunscripción electoral fuera la CCAA y el reparto se hiciera de manera proporcional a los habitantes de cada una de ellas. Así, si Andalucía tiene el 18% de la población le corresponderían el 18% de los senadores y, de esta manera, el Senado no solo sería representante legítimo de la distribución poblacional, sino que además ejercería con eficacia su labor de modulador de la acción legislativa del Congreso de Diputados. Hoy por hoy el senado no es más que un segundo congresito de diputados sin potestad real pero un elevado coste y una capacidad de enredar nada desdeñable.      ¿Es la nuestra una democracia de verdad? Nosotros, los ciudadanos, elegimos al legislativo cada 4 años. Luego, los allí sentados eligen al ejecutivo y al gobierno judicial. Si además tenemos en cuenta que votamos listas partidarias cerradas y sobre las que no podemos influir, ¿dónde está la democracia? Efectivamente, es un sistema “original y maquiavélico”.      Lo lógico sería que eligiéramos al presidente y vicepresidente en ticket y en elección separada del legislativo. Y lo lógico sería que eligiéramos a los fiscales según las necesidades de cada circunscripción distrital o provincial (ahora sí) y lo lógico sería que eligiéramos a los senadores y diputados individual, separada y abiertamente. Y lo lógico sería que los ciudadanos participáramos en la justicia vía los jurados (pero en serio, no la risa que hay ahora) y que cualquier instancia judicial pudiera dictaminar sobre la constitucionalidad de las leyes con independencia del derecho de apelación.      Lo lógico sería vivir en un país que respetara a sus ciudadanos como la más alta instancia soberana y no como siervos que cada 4 años creen que votan. Lo lógico sería que se respetara nuestra Constitución, a pesar de ser tan mejorable:      Art 9.2. Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social.      Lo lógico es que nos cabreemos con la casta de los políticos y los mandemos a la…, sí, ahí justamente.
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