Con un despliegue de astucia que deja en calidad de tiernos cachorritos a quienes se tacha como exponentes de la vieja política, el MAS, como por arte de birlibirloque, se convirtió en mayoría y minoría al mismo tiempo dentro de la comisión Visión País de la Asamblea Constituyente, aunque sin respetar las reglas del juego.
En efecto, el oficialismo evacuó dos informes: uno, el “real”, digamos y otro, el señuelo que impidiera la introducción de un verdadero informe opositor por la minoría. Para completar el truco, ahora se habla de un solo informe, el primero, y por sí y ante sí el presidente de dicha comisión ha reiterado que el tema está cerrado.
Pero es tal la estrechez de miras del informe de marras, que de visión tiene muy poco y de país tiene menos aún. La máxima distancia que abarca es la de los apéndices nasales de sus suscriptores. Estamos pues, por primera vez en la vida de Bolivia, ante una “visión nariz”, que se acaba en un árbol (“mi árbol”) y que se desentiende del bosque, que surge al calor de un etnocentrismo ahistórico.
Por no ver más allá de su nariz es previsible que se la vayan a dar contra la puerta, aunque las consecuencias del choque las vayamos a padecer todos.
Por un lado, en lo que me parece una señal que manda al comité de los Nobel para promover su candidatura, el Presidente de la República plantea la tesis de hacer que Bolivia renuncie a la guerra —en un acto de altruismo de inconmensurables dimensiones—, considerando la amenaza bélica que representa nuestro país para el mundo, que entre otras cosas, significaría replantear la formación, si no la desaparición, de las FFAA. De hecho, otra comisión de la Constituyente, la de Seguridad, recortó significativamente las atribuciones de éstas, cosa sumamente atractiva si la tomamos como una futura doctrina de “neutralidad pasiva”, si se quiere.
Ahora bien, la “visión nariz” aboga por el establecimiento de 36 naciones en territorio boliviano; entonces uno se pregunta ¿para qué necesita Bolivia guerras si por voluntad de sus propios hijos va camino a la desintegración? Paradójicamente, el teatro Gran Mariscal Antonio José de Sucre podría convertirse en el escenario en el que se perpetre la estocada post mortem al vencedor de Ayacucho, quien nos convocó a no destruir la obra de su creación.
La “visión nariz” también señala que la adscripción a una u otra de las 36 naciones será por autoidentificación (tramposa figura que ya ha causado los equívocos sociológicos más groseros).
Hagamos un ejercicio: A mí me gusta el estilo de la nación bésiro, la poesía de la nación chimane y los bailes de la nación weenhayek, ¿por cuál nación me decido? O me declaro aymara y ayudo a preparar la venganza contra los imperialistas quechuas. Prefiero ser el último boliviano.
Otra: pongamos que soy un exitoso futbolista de la nación pacawara que juega en un club de la poderosa liga de la nación yuki, ¿podría nacionalizarme yuki para jugar en su selección? ¿No será que su prominente órgano olfatorio no le deja a SE ver más allá de la raza?
*Puka Reyesvilla
es docente universitario.