martes 10 de mayo de 2011, 21:07h
Dijo en una ocasión Felipe González que los expresidentes de Gobierno “son como los jarrones chinos: todos parecen apreciarlos, pero no les encuentran un sitio donde colocarlos”.
Lo cierto es que tanto González como José María Aznar, alejados de La Moncloa desde hace años, no se han resignado a ejercer de jarrones chinos sino que están participando por propia iniciativa en estos primeros compases de la campaña electoral de los comicios autonómicos y locales del próximo día 22. Los líderes de los dos grandes partidos, del PSOE y del PP, son otros; son Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, pero, de buena o de mala gana, tienen que aceptar educadamente el apoyo que prestan a sus respectivas formaciones tanto González como Aznar. Y como no estamos ante unas elecciones generales, y ni Zapatero ni Rajoy son candidatos, lo que se ha organizado es un galimatías y una cierta ceremonia de la confusión, entre los que apoyan a sus candidatos autonómicos y municipales, y quienes (casos González y Aznar) apoyan a los que apoyan. Quizá intenten dar una imagen de unidad y de coherencia, exhibir la solidez de unas formaciones bien organizadas y con un discurso claro. Pero no es cierto que esa solidez y ese discurso unánime existan, de modo que cuantas más voces relevantes aparezcan en escena mayor es el guirigay y más estrepitosa la jaula de grillos.
Inevitablemente, en estas intervenciones se han producido enfrentamientos entre González y Aznar, como si el tiempo no hubiese pasado. González, en el mitin de Madrid, ha culpado a Aznar del rearme de ETA, y Aznar ha dicho que el Gobierno del partido de González había permitido que la banda terrorista se presentase a las próximas elecciones. Y, mientras tanto, Zapatero con un punto de perplejidad, y Rajoy intentando hablar de otros asuntos que movilicen al electorado hacia las tesis del centro-derecha. Por supuesto que los expresidentes tienen derecho a expresarse libremente, y es innegable que tienen autoridad y experiencia. Pero, a veces, en la práctica política, la nostalgia no es una buena consejera.
Cambiamos de asunto y anotamos que algo se mueve en Cuba cuando el gobierno castrista, entre las 313 medidas adoptadas para reformar la economía de la isla, autorizará viajes turísticos al extranjero, algo prohibido desde hace cincuenta años. Es una tímida medida, pero también es un avance dentro de la claustrofobia cubana. Y nos preguntamos: ¿a dónde podrán dirigirse, en destino turístico, pobres gentes que, atrapadas por una férrea dictadura que los ha arruinado, apenas disponen del equivalente a unas decenas de euros como salario mensual? Celebramos que se abran las fronteras, pero el pueblo cubano sólo saldrá de la miseria y será libre cuando haya elecciones sin trampas, y la tiranía desaparezca, y el castrismo dé paso a la democracia.
Luis del Olmo. Periodista.