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Rato, el hombre que ya era rico por su casa

Rato, el hombre que ya era rico por su casa

“No volverá a la política activa en España”, se han apresurado a decir fuentes del PP nada más hacerse pública la renuncia, el próximo mes de octubre, de Rodrigo Rato como director gerente del Fondo Monetario Internacional. Y es que, al que muchos consideraron el ‘sucesor natural de Aznar’, le temen más que a un nublado. ¿Por qué se va Rato? ¿Qué hay detrás de sus “razones personales” y “familiares” para dejar el ‘chollazo’ del FMI y regresar a España? Y, lo más importante, ¿qué hará en España cuando llegue, aspirar acaso al sillón presidencial?

Hay mucha controversia en la vida de Rodrigo de Rato Figaredo (Madrid, 1949). Al menos, en su vida política, ya que en el terreno familiar ha sabido capear –al menos públicamente- algunos huracanes que aparecieron en su horizonte. Rico de familia, Rato lo ha sido casi todo en el PP y en el Gobierno; casi todo, menos presidente, claro, de lo uno y de lo otro: secretario del Grupo Parlamentario Popular (1982-86); secretario general adjunto de AP (1982-86); vicepresidente Segundo del Gobierno y ministro de Economía y Hacienda en el primer Gobierno de Aznar (5.5.1996/mayo 2000); vicepresidente Segundo y ministro de Economía (2000-2004), y, finalmente, director gerente del Fondo Monetario Internacional, desde junio de 2004, pocos meses después de que el PP de Mariano Rajoy perdiera el Gobierno en las generales de marzo.

Educado en los Jesuitas de Madrid (colegio Nuestra Señora del Recuerdo), Rato adquirió un cierto estigma jesuítico. Comenzó trabajando en las empresas de su padre, como consejero delegado de Aguas de Fuensanta, una embotelladora de agua mineral que en 1995 facturó 3.619 millones de pesetas, y consejero delegado en la empresa embotelladora de vinos y cavas Jaime Serra, de Alella (Barcelona), así como en edificaciones Padilla y Construcciones Riesgo, sociedades estas últimas dirigidas por su padre y su hermano, antes de integrarse en la Alianza Popular de Manuel Fraga. Uno de sus primos, Vicente Figaredo de la Mora, era consejero de Banesto cuando el Banco de España intervino la entidad con Mario Conde al frente. La familia venía perteneciendo al mismo consejo desde hacía 90 años. Con estos precedentes, la carrera de Rodrigo Rato como empresario y político estaba casi predeterminada.

En 1979, fue nombrado por Fraga responsable de Economía en el comité ejecutivo de AP, siendo el miembro más joven y que se había formado junto a “cuatro magníficos” del franquismo ultramontano: Gonzalo Fernández de la Mora, Leopoldo Calvo Sotelo; Laureano López Rodó y Antonio Carro. De hecho, fue uno de los “cerebros” de la reconversión de AP, primero en Coalición Popular, dando entrada a democristianos y liberales (escisiones de UCD de julio de 1982), y luego en el PP, integrando a ex ‘barones’ de Adolfo Suárez como José Antonio Ortega y Díaz Ambrona, Rafael Arias Salgado, Enrique Fernández Miranda y José Antonio García Díez (los tres primeros, hijos de destacados ministros del franquismo: el de Díaz Ambrona fue de Agricultura; el de Arias Salgado, de Información y Turismo, y el de Fernández Miranda, presidente de las Cortes).

Es cierto que Rato no necesita de la política para vivir como un burgués de altura. Tiene casa en La Moraleja, donde reside habitualmente, y una casa-molino en Carabaña (Madrid), donde en sus ratos de ocio practica yoga o jogging y escucha música clásica. Una hermana suya, Manny, tiene una galería de arte en la madrileña calle de Jorge Juan. Se le define como listo y desconfiado, irónico y cínico. Tiene un gusto desmedido por los chalecos. De vez en cuando le sale la vena madrileña: ese deje algo chulesco que ha utilizado con frecuencia en los debates parlamentarios.

Y, así, Rato se convirtió en el valor del PP por antonomasia: en un momento dado ni siquiera necesitó demostrar lo mucho que mandaba en el partido. Era absolutamente fijo y determinante en todos los círculos interiores de Génova, 13. Se le conocía como “el delfín”, el auténtico “número dos” en la posible línea de sucesión de Aznar… hasta aquel golpe mortal que recibió el 1 de septiembre de 2003, cuando Aznar cedió a Mariano Rajoy todos sus poderes dentro del PP y aseguró que no habría bicefalia. Pero, hasta entonces, mantenía excelentes relaciones con todos los prohombres del partido y era la referencia máxima de banqueros y grandes hombres de negocios en el centro-derecha. De hecho, en marzo de 1996, tras las elecciones generales, Aznar le había dado un cheque en blanco para negociar con Joaquín Molíns, el representante de Convergencia i Unió, el apoyo nacionalista catalán a un gobierno del PP.

No es menos cierto que al menos en dos ocasiones Rato ha tenido la tentación de abandonar la vida pública: una, cuando Antonio Hernández-Mancha derrotó a Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón para la presidencia de la antigua AP; otra, después de las elecciones generales del junio de 1993, cuando se hacían quinielas sobre si Rato ocuparía el sillón de Asuntos Exteriores o el de Economía, sillones que, evidentemente, no ocupó, ya que Felipe González ganó las elecciones pese a las previsiones triunfantes de José María Aznar.

Lo cierto es que Rato era amigo íntimo de Aznar desde hace 25 años: las dos familias vivían en buena vecindad en La Moraleja. Aznar, incluso, trabajó como asesor jurídico para la cadena radiofónica “Rueda Rato” -sus padres se conocían, ya que ambos provienen del mundo de la radio- y Rato y Aznar formaron tándem para colocar al frente del PP a Miguel Herrero en contra de Antonio Hernández Mancha, aunque la operación falló y más tarde le dejaron tirado.

Sumamente acaudalado

Rodrigo Rato, como su familia, es sumamente acaudalado. La familia Rato “sacó” a Miguel Durán, entonces presidente de la ONCE, 5.000 millones de pesetas por la venta de las concesiones de FM a la “cadena Rato”, locales aparte. A este respecto hay una anécdota sonada: en febrero de 1990, en un debate parlamentario sobre el “caso Juan Guerra”, el entonces vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, tuvo que salir a la tribuna del Congreso a defenderse de las críticas despiadadas de los diputados del PP. Guerra, con todo desparpajo, mostró desde la tribuna una carta firmada por el propio Rato, hacia 1983, en la que le rogaba su mediación para que la “cadena Rato” fuera concesionaria de un número indeterminado de licencias de nuevas radios FM, que por aquel año iba a conceder el Gobierno socialista. La recomendación tuvo relativo éxito.

Pero sobre la “Cadena Rato”, Felipe González, en su primera entrevista concedida a un medio de comunicación (El País, 29.6.1997) tras abandonar la secretaría general del PSOE, dijo: “Hace años discutimos las concesiones de radio, y el señor Rato tenía un argumento de autoridad: su empresa tenía la legitimidad de la solera frente a la improvisación de los oportunistas de última hora. Pero cuando uno reflexiona sobre cuál era esa legitimidad histórica, resulta que era la concesión de don Francisco Franco a la familia Rato en el año 1942 para constituir una empresa de comunicación en aquella España y en aquel momento. Y una persona como Rato cree que eso le da más legitimidad que a un grupo de comunicación surgido en el año 1976, cuando alumbran las libertades y no depende del favor del dictador para glorificarlo y elevarlo a la mitología fascista. Para él su empresa era más legítima que Prisa”.

En cualquier caso, en 1997 Rato mantenía varias empresas -fundamentalmente en el campo del vídeo- con su amigo, el ovetense y diputado del PP José Manuel Fernández Norniella, y sus hombres de confianza, como Miguel Blesa, estaban perfectamente colocados. De hecho, su afición política esencial es la “cosa económica”: ha tratado con los grandes banqueros y su ambición secreta parecía ser entonces el Banco de España, en el que tuvo enfrentamientos muy duros con Mariano Rubio, siendo éste gobernador del Banco Emisor. Quién iba decir entonces que recalaría mucho, pero que mucho más alto: en la cúpula del FMI.

Pero si ha tenido –y tiene- grandes amigos, también tiene grandes enemigos, como Javier de la Rosa. El financiero catalán “filtró” la especie de que lo había ‘comprado’ e, incluso, distribuyó un vídeo en el que se veía presuntamente a Rato llevando el maletín con el dinero al banco. Todo falso, claro, pero de la Rosa era capaz de ‘pringar’ a medio mundo con tal de evadir la cárcel. Otro gran enemigo suyo es el ministro socialista Carlos Solchaga, con el que ha mantenido serios enfrentamientos más allá de lo político.

Evitaremos al lector el listado de las empresas familiares en la que Rato participa o ha participado, pero de su inmenso patrimonio quedó constancia en su declaración de bienes y fuentes de ingresos ante el Congreso de los Diputados con motivo de las elecciones generales de 1996. En ella, especificó que tenía intereses en casi 20 empresas y detalló sus participaciones en entidades de gran volumen; pero sus declaraciones no hacían justicia a la envergadura que había adquirido el patrimonio familiar. Otras numerosas empresas, hasta unas 60, figuraban ya a nombre de su hermano Ramón, de su cuñado, José de la Rosa Alemany, casado con una hermana de Rato, de Luis Alberto Salazar Simpson, cuñado de una hermana de Rato, o de algunos de los colaboradores más cercanos de la familia, como Marcial Zazo, Gonzalo Martín-Borregón o Javier Calvo Zabalgoitia. La facturación de las 20 empresas en las que Rodrigo Rato reconoció tener intereses directos ascendía a cerca de 10.000 millones de pesetas anuales en 1996. La facturación del resto del grupo familiar convertían al vicepresidente en uno de los políticos de los últimos tiempos con mayor fortuna familiar junto a la que ostentaba el también polifacético hombre de negocios y ministro de Exteriores, Abel Matutes.

El hecho de que Aznar lo convirtiera en el poderoso ministro de Economía motivó que la oposición socialista analizara con lupa tantos sus inversiones personales como las del conjunto familiar. El diputado del PSOE Álvaro Cuesta –actual responsable de Política Municipal del PSOE- pidió información (julio de 1999) sobre las ayudas recibidas desde el Ministerio de Economía por la sociedad Innovación de Bebidas, SA (Inbesa), participada en un 75 por ciento por la compañía de Aguas de Fuensanta, vinculada a la familia Rato, y en un 25 por ciento por la sociedad para el Desarrollo de las Comarcas Mineras (Sodeco). Pero Rato se defendió afirmando que él nunca había participado en los consejos de las empresas en las que su familia tiene intereses y que desconocía si éstas solicitaban y recibían ayudas públicas.

  Como ministro de Economía, puso en práctica dos planes de liberación de la economía española (junio de 1996 y febrero de 1997), que tuvieron como objetivo el permitir crear empleo y responder al desafío de la integración en el euro. Afectaron esencialmente a las estructuras, el suelo, vivienda, sistema financiero, previsión social, transportes, telecomunicaciones, defensa de la competencia y energía.

  Y, cómo no, fue uno de los diputados del PP que en la V Legislatura (1993-96) firmaron con Federico Trillo una denuncia contra los antiguos responsables socialistas del Ministerio del Interior por malversación en los fondos reservados. La denuncia dio lugar a un voluminoso sumario (más de 20.000 folios) en el que fueron imputados y condenados varios ex altos cargos de Interior durante la citada etapa.

  La pregunta ahora es evidente: ¿viene Rato a Madrid a removerle el sillón a Rajoy o se quedará, como dicen sus asesores, fuera de la política activa y ‘haciendo más dinero’ en la empresa privada? Nadie lo sabe, aunque corren muchos rumores; pero ahora todos vuelven su cara la famosa ‘foto de Carabaña’ –el trío del balcón: Pedro José Ramírez, José María Aznar y Rodrigo Rato- y algunos van más lejos, como el actual alcalde de Tres Cantos (Madrid), José Folgado, que fue secretario de Estado de Economía con Rato, y que ha dicho, nada más hacerse público el regreso: "De Rato siempre se espera 'de diez' y además cumple. Rato es el gran político que necesita este país, uno de los grandes políticos, junto con Mariano Rajoy, claro". Claro, ¿o será oscuro?

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