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“…que arriba en mi calle se acabó la fiesta” (¿o no?)

“…que arriba en mi calle se acabó la fiesta” (¿o no?)

Asambleas interminables dilucidaban este domingo si las acampadas, especialmente la de la Puerta del Sol, debían o no mantenerse y, en todo caso, cómo continuar con un movimiento, el de ‘democraciarealya’, que estremeció a toda España y logró titulares de portadas en muchos periódicos de todo el mundo. ¿Acabará sin más, sin mayor pena ni gloria, esa inmensa movida, que algunos quisieron comparar con una mera fiesta o, peor, con una algarada?¿Quedará olvidado el aldabonazo que ha supuesto? Contra toda evidencia, a mí me parece que no va a ser así.   No he visto a los ‘chicos de Sol’ apasionados ni por el resultado de las elecciones de hace apenas una semana ni por los acontecimientos políticos, incluyendo la ascensión de Pérez Rubalcaba, posteriores. Me parece que, contra los clichés que se han forjado en estos quince días de manifestaciones y acampadas, estos jóvenes y no tan jóvenes están menos interesados en la pura política que en sus reflejos sobre la vida cotidiana de todos nosotros. Y ya se ha dicho muchas veces que un país que cuenta con el 43 por ciento de sus jóvenes en el paro y con un 25 por ciento más en el subempleo, tiene un cáncer serio. Quizá la más grave de las variadas enfermedades que padece España, desde la institucional y la falta de vigor de las leyes, hasta la territorial.   Así que sería suicida olvidarse de la existencia de este movimiento, por mucho que los campamentos empiecen, como no podía ser de otro modo, a levantarse. Los partidos están ahora absortos en otras cosas: sus arreglos internos, los pactos para hacerse con un trocito de poder… No he escuchado nada de interés en los cónclaves socialistas o ‘populares’ en relación con la movida de los ‘indignados’, que es, sin duda, molesta para las fuerzas políticas tradicionales. Para todas, incluyendo aquellas que, vaya usted a saber por qué, se reclaman más cercanas a los acampados.   No, a este movimiento no se le puede, me parece, achacar aquel trozo de la canción de Serrat con el que ayer una emisora de radio quiso poner fin a la rebelión de los ‘indignados’: “vamos bajando la cuesta, que arriba en mi calle se acabó la fiesta”. No, no ha sido una fiesta callejera. Ha sido un estallado social que ha comportado, desde luego, todos los excesos de las revoluciones morales: cierto desorden, la algarabía de las asambleas, la utopía de pedir lo imposible y hasta lo inconveniente. Pero a las revoluciones morales no se las puede juzgar por sus voceríos, por su indumentaria ni por la injusticia de querer excluir a todos los que no compartan sus inquietudes: hay que juzgarlas por el potencial de cambio que conllevan. No sé si los ‘indignados’ son unos miles o unos centenares de miles: sé que representan la parte de indignación que cada cual llevamos dentro por unos u otros motivos. Aunque no hayamos ido a las plazas a manifestar nuestras inquietudes. Sé también que este estallido –por algún lado había de evidenciarse la enfermedad—ha sido pacífico, bastante civilizado y poco lesivo, si se exceptúan los legítimos intereses de los comerciantes de las zonas de acampada.   Ya sé que a buena parte de la sociedad establecida le conviene que esta marea pase cuanto antes y se olvide lo más rápidamente posible. Pero ya digo: ay de los pueblos que ponen sordina al grito de los que, con mayor o menor fundamento, se sienten afligidos. Atención a este programa: continuará.   [email protected] - Lea también: Los manifestantes deciden si mantienen la acampada en Sol Toledo pone fin a la acampada iniciada en la plaza de Zocodover
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