Oponión: Paco Luis Murillo
lunes 13 de junio de 2011, 19:00h
Actualizado: 17 de junio de 2011, 09:59h
El Estado de las Autonomías del que disfrutamos, o que padecemos (según como se mire), tiene estas cosas. Extremadura, resignada a estar de forma habitual en el furgón de cola de las Españas, marcará en los próximos días el previsible futuro de la política española y, muy singularmente, de la andaluza. Si Izquierda Unida y el PSOE logran pactar en Mérida la renovación del mandato del actual presidente socialista, Guillermo Fernández Vara, entonces ya podemos dar por hecho que lo mismo podría suceder en Andalucía unos meses más tarde. Si, por el contrario, ese pacto no llega a producirse, su reflejo en la política andaluza será igualmente sonoro. Es mucho lo que une a extremeños y andaluces como para pensar que las cosas pudieran suceder de una manera diferente.
Hasta hoy, la mayoría de analistas, contertulios y políticos daban por hecho que ese pacto, aunque hubiera de ser laborioso, se produciría. Tras los resultados electorales del pasado 22 de Mayo y, sobre todo, después de lo visto en la constitución de los Ayuntamientos durante el pasado fin de semana, la cosa no está tan clara. Es curioso, el PSOE e Izquierda Unida parecen pactar hoy, con mayor fluidez, en aquellas zonas de España donde la presencia de IU, y con anterioridad del PCE, ha sido tradicionalmente escasa (tenemos dos ejemplos en los Ayuntamientos de Segovia y Zaragoza.) Por el contrario, en aquellos territorios del sur peninsular donde la organización comunista ha tenido históricamente una mayor presencia social, y por tanto electoral, las cosas no parecen lo mismo, siendo muchas, y profundas, las desavenencias entre ambas organizaciones, como hemos podido apreciar en las últimas horas.
A mi entender, no se trata sólo del factor humano, que también (algo muy evidente cuando hablamos de pequeñas poblaciones y municipios, donde las redes de amistades y favores están a la vista, siendo conocidas por todos.) Hay algo más, mucho más: el desarrollo y virulencia de la actual crisis económica, la más seria que el sistema capitalista afronta desde 1929, ha puesto contra las cuerdas a las organizaciones de la izquierda, sin que haya emergido hasta el momento de su interior un discurso alternativo digno de tal nombre.
En las pasadas elecciones, salvo el muy elocuente caso del País Vasco, la sociedad española ha girado claramente hacia el centro derecha que representa el Partido Popular, vislumbrado cada día más como el futuro Gobierno de España, y quizá (solo quizá) de Andalucía. Porque entre nosotros, a diferencia del Gobierno de la nación, la mayoría absoluta se sitúa en el entorno del 46% del voto expresado. En el conjunto de España puede bastar con un 40% para conseguir esa misma mayoría. Ese seis por ciento de diferencia no es en absoluto baladí, y en gran medida dependerá de cómo se comporte el electorado que se siente de izquierdas, en estos momentos el segmento más desconcertado del cuerpo electoral.
De ahí la importancia de movimientos como el 15-M, porque en su interior, habitando como habitan todas las posiciones ideológicas, lo que se refleja muy principalmente es el desconcierto de la izquierda social. Por la virulencia de la crisis, desde luego, pero sobre todo por la gestión de la misma. Una gestión que remite a las entrañas mismas de la política.