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El gran perdedor

Con los resultados de las elecciones catalanas a la vista, son de poca monta las diferencias en los análisis de los resultados sobre ganadores y perdedores, en tanto las posibilidades de formar gobierno se limitan a las tres hipótesis que se manejaban desde hace meses, con una razonable ventaja de una reedición del tripartito que, despejada la turbulenta etapa de tramitación del Estatut, podría abordar los dos grandes objetivos de la política catalana: devolver el sosiego a las instituciones y a la sociedad, algo prioritario, y atender al desarrollo de las políticas sociales que quedaron relegadas a un segundo plano por culpa de la pésima gestión de la cuestión estatutaria.

Es incuestionable que el perdedor directo de los comicios es el PSC con Montilla a su cabeza. Aunque todas las encuestas ya apuntaban a un mal resultado como se ha confirmado, también es cierto que no ha sido notable la variación a la baja durante el desarrollo de la campaña electoral, por lo que no se puede cargar sobre Montilla el fracaso de los socialistas. En la realidad, y considerando sus principales focos de votos en los que se ha dado un mayor grado de abstención electoral, puede considerase que el resultado venía ya descontado por los desatinos y vacilaciones en la tramitación del Estatut y la rocambolesca solución madrileña que tuvo el texto estatutario. Sobrevuela el consuelo de poder reeditar el gobierno tripartito, pero esta salida añadiría más coste político a los socialistas catalanes y al Gobierno de Rodríguez Zapatero que, a estas alturas habrá tomado conciencia de las consecuencias negativas de los pactos con ERC a todos los niveles para, en el momento más crucial, dejarle en la estacada.

Pero si Montilla ha cargado con el fracaso directo, es igualmente cierto que Rodríguez Zapatero es el gran perdedor, tanto por su implicación directa en la campaña como por ser el protagonista de todos los pactos arreglos y desarreglos que han tachonado la política catalana de los últimos tres años. Y aunque hay que reconocer que in extremis supo reconducir los asuntos más espinosos, en la conciencia ciudadana ha calado con profundidad la idea de que el PSC primaba el componente nacionalista sobre la vocación social, el equilibrio político y la solidaridad.

La solución de gobierno que saldrá de la actual situación, no está decidida aunque las preferencias no siempre declaradas son obvias. En el caso de CIU, que tiene la legitimidad del mejor resultado, no son dudosas porque ya las expresó antes de las elecciones y las ha reiterado hoy mismo Duran Lleida: el pacto socioconvergente, con participación de los socialista en el Govern o su apoyo negociado. En el PSC hay división de opiniones, pero se aceptaría la misma solución con algunos rechinos en un sector de los cuadros dirigentes y se vería con confianza en un amplio porcentaje del electorado. En el PSOE nacional dicen ser neutrales, pero también esta solución que se ha llamado socioconvergente les libraría de pagar el caro peaje del apoyo de Ezquerra Republicana y les aseguraría el de CIU, más tranquilizador para los electores del resto de España y más dispuesto a cooperar por los intereses generales.

A doce horas de los resultados definitivos el gran perdedor es Rodríguez Zapatero, pero de su habilidad y de la comprensión de sus compañeros catalanes depende que pueda recuperarse de la pérdida, y hasta traducirla en ganancia. En política también se consiguen resultados rectos con renglones torcidos.
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