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...y la casa sin barrer

...y la casa sin barrer

martes 12 de diciembre de 2006, 20:36h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 18:32h

Al modo de las tragedias griegas, el arúspice, en este caso el abogado Txema Montero, buen conocedor del entorno etarra, por su condición de miembro expulsado de Herri Batasuna, ha señalado el negro avatar: dentro de diez días, ETA puede abandonar su alto el fuego permanente y regresar a las andadas. Montero, hoy en la órbita del PNV, sabe perfectamente de lo que habla. Como lo saben también, los militantes del socialismo vasco. Ellos conocen el paño mejor que en los despachos madrileños. Y ellos, los socialistas vascos, saben que si se negocia hay que poner algo encima de la mesa, más allá de las glándulas productoras de testosterona política que un sector influyente del PSOE, y el Partido Popular en pleno reclaman.

 En el proceso de paz, iniciado por José Luis Rodríguez Zapatero, se empieza a requerir coraje cívico y creatividad a partes iguales. Aún a riesgo de que uno de los dos sectores de ETA tire las patas por alto y haga una de las suyas. Son muchos muertos los que llevamos contabilizados y, diga lo que digan los estrategas (¿?) del PP y sus pregoneros mediáticos, tampoco se trata de conseguir la paz a cualquier precio, que el Gobierno no está por esa labor –y de ello está dando abundantes pruebas durante estos meses--, sino de ir al cierre definitivo de un capítulo sangriento de nuestra más reciente historia común.

España no se rompe por una transacción en la que, no sólo los batasunos, sino e PNV y EA, intentarán arrimar el ascua a su sardina nacionalista. Y no se rompe porque tanto la Constitución, como los Estatutos de Autonomía, y también las instituciones del Estado de Derecho funcionan razonablemente bien.

Asumamos que el proceso de paz está hoy en precario. Asumamos que ya basta de mantener contactos exploratorios para saber si se pueden mantener contactos exploratorios que nos lleven a nuevos contactos exploratorios que permitan hablar con la banda. Ese tiempo ya ha pasado. A ambos lados de la oficialmente inexistente mesa se alinean las sillas. Ocúpenlas para negociar.

Le guste o no le guste al Partido Popular. Esto es lo que hay. Y la sociedad española se juega mucho en este envite. Mucho más que las rentabilidades electorales que los de la madrileña calle Génova aspiran a sacar si el proceso, definitivamente, fracasa. Si en el Reino Unido, el Partido Conservador tuvo la decencia cívica de apoyar a Tony Blair durante el largo y complicado proceso que condujo a la desaparición del IRA, con tantas o más heridas que cerrar y víctimas a las que apoyar que las españolas, aquí también debería ser posible.

Porque, de momento, unos y otros, socialistas y nacionalistas, etarras y populares, consiguen que la casa siga estando sin barrer.

 

 

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