En Ecuador
domingo 09 de septiembre de 2007, 18:21h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 18:11h
A pocos kilómetros de la capital ecuatoriana, miles de aves revolotean en el "Paseo del Quinde", un conjunto de bosques primarios y nublados en los que reina el sosiego, cascadas, orquídeas, donde se extinguen los depredadores humanos y que ofrece, incluso, una virgen casamentera.
A menos de dos horas de Quito, la "ecoruta" del Paseo del Quinde, una zona de transición entre la meseta andina y la zona litoral, acoge en su tramo de 50 kilómetros, más de 450 especies de aves.
La aventura comienza en Nono, en las faldas del volcán Pichincha, a 2.724 metros sobre el nivel del mar, una parroquia donde sus alrededor de 2.500 habitantes son más bien sencillos y amantes de la naturaleza, como la mujer conocida como "la señora de los gatos", que pasa los días abrazada a sus pequeños felinos.
En Nono se venera a la Virgen del Camino de Alambi, cuya imagen -según la creencia- apareció en una piedra, que luego retocó un pintor, y a la que la memoria colectiva, atribuye varios "favores", entre ellos, haber llevado al altar a varias parejas.
La transición entre la costa y la sierra se dibuja en los cambios de la vegetación de los caminos secundarios que de Nono llevan a Tandayapa donde, al internarse en el bosque primario, se pueden ver, con algo de paciencia, claro, las primeras gralarias, una especie de aves rastreras de pico pequeño y cabeza anaranjada.
También aparecen quienes se llaman a sí mismos "ex depredadores humanos", como Ángel, dedicado antes a la tala de bosque y que, tras la constitución de la ecoruta, dedicó sus esfuerzos a preservar la naturaleza y beneficiarse de las ventajas del turismo.
Varios de ellos, convertidos ahora en guías nativos, explican, con libro en mano, los distintos tipos de aves de la zona, también hablan con pasión del vecino oso de anteojos, del mono aullador negro, del armadillo y el cuchucho, pero entristecen al recordar el paso por la zona de la tubería del oleoducto de crudos pesados.
El Paseo del Quinde ha logrado dos primeros lugares en la cuenta mundial de especies de aves que realiza Bird Life International.
El frenético aleteo de decenas de colibríes o quindes en la reserva de Bellavista justifican esos galardones pues, según los ornitólogos, son apenas una pequeña muestra de los cientos de especies de aves de la zona.
La velocidad de sus movimientos hacen casi imposible fotografiar a los colibríes, pero su belleza impide abdicar en el intento, y las horas de paciencia se recompensan al captar finalmente al colibrí orejivioleta ventriazul o al frentiestrella alianteado.
Blancos, marrones, violetas, verdes, negros y una infinidad de colores de plumas revolotean sobre las cabezas de turistas, que son incapaces de reaccionar con prontitud a la velocidad del vuelo de los colibríes, cuyo paso, muchas veces, sólo se constata por su sonido, parecido al de un abejorro.
Nuevos colores de plumajes aparecen en el refugio del gallo de la peña en la zona de San Tadeo. El rojo intenso del plumaje de esa ave sólo se puede apreciar tras una larga caminata, montaña arriba, que comienza a las cuatro de la madrugada.
En medio del bosque nublado, con árboles de hasta quince metros de altura, acompañados del canto de grillos, croar de sapos e iluminados tan sólo por pequeñas linternas, el camino lleva a la zona de cortejo de los gallos de la peña, aves territoriales que con su revoloteo y cantos, defienden su espacio y espantan intrusos.
En lo alto de la montaña, el guía nativo Rolando García se lamenta de la presencia de las planteles avícolas a poca distancia montaña abajo pues teme que algún virus pueda afectar a los gallos de la peña, típicos de la zona del Chocó.
A pocos kilómetros, en el Refugio de la Paz, Ángel, otro "ex depredador" es ahora "amigo" de la naturaleza y ha "bautizado" a varias aves que, a su llamado de "maríaaa", "susaaan", acuden, en su mismo hábitat, a alimentarse tres veces al día.
Montaña abajo, se dejan ver la tangara de montaña barbinegra y el tucán, mientras otras aves, ocultas, ofrecen un gran concierto.
El paseo del Quinde termina con el recorrido por unas once cascadas a las que se llega caminando en medio del bosque y cruzando riachuelos desde la hostería Allpalluta donde tan sólo el sonido del paso de un avión, por su cielo estrellado, recuerda que la asfáltica Quito está, tan sólo, a 28 kilómetros en línea recta.