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El síndrome de La Moncloa

El síndrome de La Moncloa

miércoles 21 de diciembre de 2011, 08:22h
    Cuando esta noche o mañana, Mariano Rajoy, ya presidente de pleno derecho del gobierno de España, llegue junto a su familia al Palacio de la Moncloa, entre los muebles y las cortinas y los cuadros de Joan Miró..., le esperan muchos fantasmas. Porque La Moncloa nunca fue residencia cómoda para nuestros gobernantes, y Rajoy, que es el sexto en ocuparlo desde que lo estrenase Adolfo Suárez en 1977, no es una excepción en ese reparo casi alérgico hacia ese palacio que Felipe González definió como "una tarta de nata montada con toques de purpurina". Más tarde, Ana Botella diría que La Moncloa "es inhabitable para una familia normal".

    Pero algo tiene mágico o seductor tiene este edificio, que fue en algún tiempo la casa principal de una finca de uso agrario, cuando todos los políticos, aunque lo nieguen, aspiran a conquistarlo como quien alcanza el Everest. No será cómodo para quienes nacieron y se criaron en un piso, pero sus estancias tienen un halo de cierto encantamiento, aunque también tienen algo de potro de tortura. Si las paredes del dormitorio principal hablasen, se escucharía la voz de Saddam Hussein o de Leónidas Trujillo o de Eisenhower o de Nixon, que fueron algunos de sus eventuales moradores en los tiempos en que Franco destinó el edificio a residencia de jefes de Estado extranjeros de visita oficial en España...

     Mariano Rajoy no era muy proclive a mudarse a La Moncloa, pero razones de seguridad y también de ahorro le aconsejaron seguir la tradición. Y él, su esposa, Elvira Fernández y el resto de la familia residirán allí desde hoy mismo. Tampoco le gustaba el sitio a Adolfo Suárez y a Amparo Illana que, para darle un toque personal, acondicionaron una cancha de tenis en los jardines. Leopoldo Calvo-Sotelo y Pilar Ibáñez recuperaron la saleta de música, en la que instalaron un piano. Felipe González y Carmen Romero recibían a sus amigos en "la bodeguiya", y el presidente sevillano cultivaba bonsáis. José María Aznar y Ana Botella dejaron como recuerdo una cancha de tenis, y Zapatero y Sonsoles Espinosa la convirtieron en pista de baloncesto. A Elvira Fernández y a Mariano Rajoy, que es un gran aficionado al ciclismo, les harán fotos muy pronto pedaleando entre la arboleda.

    Este palacio, adquirido por el rey Carlos IV y cedido al Estado por Isabel II, tiene un gancho especial, pero también suscita muchos recelos... quizá porque quienes en él habitan corren el riesgo de padecer "el mal del aislamiento", el de no pisar la tierra ni escuchar la voz de la calle, que ése viene a ser el famoso "síndrome de La Moncloa"...
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