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Cinco millones de personas calladas

Cinco millones de personas calladas

sábado 11 de febrero de 2012, 12:50h
Aquí, todo el mundo dice estar actuando a favor de los cinco millones (¿y pico?) de desempleados: el Gobierno, la patronal, los sindicatos, los expertos que se han pronunciado, en uno u otro sentido -priman las opiniones positivas, es cierto--, sobre la reforma laboral. He escuchado, salvadas algunas encuestas callejeras en una televisión, muy pocas opiniones de esos millones de parados. ¿Les beneficia la reforma puesta en marcha por el Gobierno de Mariano Rajoy? ¿Les perjudica?

Quizá un principio de superación del conflicto callejero que se anticipa, ya para el 19 de este mes, con protestas contra una reforma que, pienso, desde luego no va a crear puestos de trabajo ni a corto ni a medio plazo, fuese consultar a esos millones de desempleados. Claro, las mayorías silenciosas lo son precisamente porque tienen muy pocas facilidades para hacer oír su opinión y ni yo ni, me parece, nadie puede cometer el desmán de atribuirse la  portavocía de un colectivo tan heterogéneo y desesperado como el de los que no tienen nada que hacer. Pero tengo para mí que seguramente escucharíamos muchas cosas inéditas y tal vez constructivas si los principales afectados nos hiciesen escuchar, uno a uno, su clamor. Que, ya digo, no es el mismo de los sindicatos, ni el de alguna formación política de la izquierda, ni siquiera el de los 'indignados'.

Decirles a esos cinco millones de parados que las cosas pueden seguir como antaño, con el mismo régimen de contratación, los mismos rígidos  convenios colectivos, sería simplemente ridículo: ¡a ellos les van a contar si sirve o no la legislación de hasta ahora, que los mantiene mano sobre mano y sin salario! Contarles la milonga de que mediante una reforma laboral que, en el fondo, flexibiliza muchas cosas, sí, pero sobre todo flexibiliza los despidos, se van a crear empleos, me parecería un engaño, y afortunadamente ni la vicepresidenta Sáenz de Santamaría ni la en mi opinión solvente ministra Fátima Báñez han caído en eso.

Mucho se ha criticado el que, más que poner el acento en intentar crear nuevos trabajos con nuevos esquemas, el Gobierno actual -y el anterior, con su efímera e inservible reforma- lo que ha pretendido es mejorar las duras condiciones en las que la pequeña y la mediana empresa han tenido que ir sobreviviendo. Mantengo, sin embargo, la esperanza de que la tramitación parlamentaria del proyecto de ley, primero -aunque tampoco he escuchado soluciones milagrosas en los demás grupos de la Cámara, la verdad--, y posterior legislación complementaria, que no debería demorarse más allá de marzo, como una ley del Emprendedor, por ejemplo, vengan a suplir algunas de esas carencias.

El empleo tradicional, con un contrato 'para-toda-la-vida' es algo que no se recuperará fácilmente, si es que se recupera. Hay que aceptar esas nuevas formas de trabajo, como antes señalaba. Especialmente interesante me pareció el encuentro de miembros del Ejecutivo con representantes de los trabajadores autónomos, como Sebastián Reyna y Lorenzo Amor: no es un secreto que la esperanza de recuperación del trabajo está puesta en este sector, más que en ningún otro, y también sabe todo el mundo que el panorama laboral comenzó a desmoronarse cuando tantos trabajadores autónomos, que constituían pequeñas empresas, tuvieron que ir abandonando la cancha.

Fueron, en mi opinión, insuficientes las explicaciones dadas por todos los actores en el momento de anunciarse la reforma laboral. Ni el Gobierno nos explicó todas las posibilidades de presente y de futuro, ni lo ha hecho la oposición --¿qué se dirán Rajoy y Rubalcaba cuando se encuentren, cada cual en su nuevo papel, el próximo miércoles?-- , ni lo han hecho, pese a su comparecencia de este sábado, los sindicatos, ni tampoco los manifestantes 'indignados' ni, desde luego, la patronal, representada por un siempre lacónico Joan Rosell reticente a cualquier comparecencia pública y que siempre delega el trabajo duro en su 'número dos'. Pienso que, antes de movilizarse en contra (o a favor) de una reforma que supone inevitables puntos de ruptura con un largo pasado, hay mucho que negociar, mucho que debatir...y muchas ideas nuevas que poner en práctica. Porque esto, el drama silencioso de los cinco millones -y subiendo--, claro, tiene que tener remedio. De lo que no estoy tan seguro es de que con solo las medicinas recetadas por el Consejo de Ministros del viernes se logre la curación de este multitudinario enfermo.
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