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Más que una reforma

lunes 13 de febrero de 2012, 09:17h
"Que se han reforzado sustancialmente las prerrogativas del empresariado es algo tan evidente como la correlativa pérdida de los  derechos actuales de los trabajadores"
Ayer se publicaba en el Boletín Oficial del Estado  el texto del Real Decreto-Ley 3/2012 de medidas urgentes para la reforma del mercado laboral, con lo que todos podemos entender el alcance real de tal reforma tras las explicaciones lenitivas de la vicepresidenta Soraya Saenz de Santamaría y de la ministra de Empleo Fátima Báñez, a la que si Dios no lo arregla habrá que llamarla de desempleo, pese a sus afirmaciones de estar ante una reforma prudente, "completa y equilibrada" en la que el trabajador no pierde en la práctica derechos. Pero la realidad es bastante distinta a lo que dicen los responsables políticos del Gobierno y a lo escrito en la exposición de motivos. El alardeado equilibrio entre flexibilidad interna y externa, entre contratación indefinida y temporal, la movilidad interna y la extinción del contrato de trabajo, etc., se van desvaneciendo conforme nos adentramos en el texto articulado y lo trasladamos a la situación actual y futura de trabajadores y empresas, especialmente a trabajadores en paro o demandando el primer empleo o a empresas en situaciones difíciles o pymes con empresarios poco escrupulosos. Porque el trabajo es y será por mucho tiempo un bien escaso, sujeto a las leyes de la oferta y la demanda.

Nadie o casi nadie puede dudar que la economía e incluso la sociedad española requerían una profunda reforma laboral que extirpara disfuncionalidades y corruptelas cuando no ilegalidades flagrantes en el funcionamiento de las actividades laborales: las afiliaciones irregulares, el absentismo laboral, las dificultades para la justificar el despido causal, la rigidez de los convenios, etc., estaban comprometiendo la recuperación del empleo y el avance en competitividad de la economía española y fomentaban la economía sumergida. Rodríguez Zapatero inició tímidamente alguna reforma buscando el acuerdo con los sindicatos, pero el alcance fue corto y desilusionante para todos. Ahora el gobierno del partido popular la ha afrontado con decisión al dictado de los poderes empresariales y de las indicaciones que venían de Berlín o Bruselas, lo que no quiere decir que no fueran oportunas muchas de las medidas adoptadas.

Salvando muchas otras normas que tienen un buen encaje en la realidad económica del país (formación profesional, intermediación laboral, incentivos fiscales a la contratación, trabajo a tiempo parcial y a distancia, flexibilización de convenios y retoques en las indemnizaciones por despido), es preocupante la regulación de los artículos doce a quince que establecen un sistema  potestativo y prácticamente discrecional a favor del empresario para acordar convenios, rebajar salarios y jornadas de trabajo, acordar modificaciones  sustanciales en los contratos y su suspensión o extinción por razones económicas, técnicas, organizativas o de producción, considerando la norma como tales a las relacionadas con la competitividad, productividad u organización técnica o del trabajo de la empresa.

Que se han reforzado sustancialmente las prerrogativas del empresariado es algo tan evidente como la correlativa pérdida de los  derechos actuales de los trabajadores, especialmente por lo que respecta a quienes presten su trabajo en las pequeñas empresas (más del noventa por ciento en España), en las que por la desregulación de los convenios las condiciones de trabajo las fijará el empresario. Quizá con esta reforma se abra la puerta a la contratación por pujas a la baja, como antaño sucedía en las temporadas de recolección con los jornaleros.

El tiempo dirá si la reforma ha ido demasiado lejos, como parece, y si servirá para alcanzar los objetivos que señalan los responsables políticos. Lo que no se dice -cierto que no es el lugar- en qué sectores productivos se crearán los empleos venideros, qué frutos dará la investigación aplicada si se reducen los recursos públicos, cómo se fomentará la modernización e internacionalización de la empresa privada, cómo se alcanzarán estándares de productividad aceptables y unas cosas más. Y es muy necesario porque en buena parte del mundo empresarial y en los medios especulativos, se sigue suspirando por una recuperación del mercado inmobiliario y del subsector de la construcción. Y ese no es buen camino.


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