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Valores y crisis

Valores y crisis

lunes 23 de julio de 2012, 08:24h
Se nos ha ido la pinza. Estamos locos  o  a punto de estarlo. No todo  es el dinero,  el éxito,  el reconocimiento social o la juerga  permanente. Hay  otros valores   que  han predominado hasta  ahora  y  que  mejor sería  que no perdiésemos. Nos va en ello la serenidad, el equilibrio, la  felicidad...
Hay quien  trabaja, trabaja y trabaja, pero  no por  sacar a su familia  adelante, sino por  mero  afán de ascender  cuanto más y cuanto antes. El problema es que cuando  llega  arriba  es ya demasiado tarde  para  disfrutar  porque  en el camino, probablemente, ha perdido  la familia  y los amigos. Un coste muy alto  para llegar a  aprender  lo que, por otra parte, seguramente ha debido escuchar mil veces: hay que  trabajar para vivir, no vivir para trabajar.
Otros sujetos  ponen  a la familia  como único  objetivo  de vida, olvidándose  en ese empeño    del  otro.   Si el vecino, el amigo, el compañero  de trabajo  o quien sea  se interpone  lo más mínimo  en  la felicidad  de los míos,  se van a enterar  bien  de quién soy yo. Si hay que pisotear  derechos de terceros, se pisotean; lo importante es mi familia.
Por último,  existe  también  un tercer grupo de personas  cuyo  único objetivo  está en disfrutar. Como sea, con quien sea y a costa de lo que sea. Total,  la vida son cuatro días, y hay que vivirlos a tope, como si fuera el último. Para estos  no cuentan ni trabajo, ni familia, ni vecinos  y, si me apuran, tampoco amigos, si no son los de circunstancias, claro. Es decir, en tanto  contribuyen  a que yo siga disfrutando.
Tres formas simplificadas  pero  reales como la vida  misma  que hoy conviven  a nuestro lado. No es difícil  poner  nombre, cara y ojos  a  decenas y decenas de personas  con las que   unas veces convivimos y otras coexistimos  muy de cerca.  Ambas  tienen en común  un rasgo  muy  de nuestra época: el egoísmo. Primero yo, después  yo, y  en tercer lugar yo.
 
Apocalipsis
Ciertos historiadores  defienden     la necesidad  de que, de tanto en tanto, los pueblos   vayan  a la guerra. A su juicio, es la  forma natural de  equilibrar  la  demografía  y , además, hacer  válido  el viejo aserto  de que   la selección natural  deja  siempre  vivo al más fuerte.  Una óptica esta, cuando menos  discutible, pero  con centenares  de ejemplos   en todas las épocas y latitudes.
Sin embargo, no viene  mal  que, de vez en cuando, la realidad  nos sacuda  un revés  de tal calibre  que nos haga reflexionar  acerca de nosotros mismos  y lo que nos rodea. Puede ser, como ahora, en forma de crisis  económica  o   de catástrofe  natural.  Una terrible  sacudida    que afecta  a  buena  parte de la sociedad   y que, de alguna forma, le hace replantearse  los valores en los que se asienta. 
Es cierto que  al ser humano  hay que verlo en la doble perspectiva: personal  y social. Ambas son   caras de una  misma  realidad  y complemento  perfecto de una sola  moneda, la  del hombre y la mujer  que, durante unas decenas de años, transitan  por este mundo.  Saber conciliar ambos  aspectos de esa  única realidad   es el secreto  que  tratamos  de  descubrir a lo largo de toda nuestra existencia y, para ello, nada mejor que saber  priorizar  en cada momento  familia,  trabajo y  diversión. Tres aspectos primordiales  -y por  ese orden-  de  la vida  humana  a los que hay que saber encajar en armónico equilibrio.
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