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Cuando el único que dimite es Dios

Cuando el único que dimite es Dios

miércoles 13 de febrero de 2013, 10:56h
 Hay una frase recurrente cuando en cualquier tertulia se habla sobre los políticos corruptos, sobre personajes públicos acusados de robo, malversación de caudales públicos o prevaricación. Al final, tras poner verde a unos y otros, tras sacar los trapos sucios de todos y arremeter contra tirios y troyanos, alguien apostilla, "pues, pese a todo, aquí no dimite ni Dios". Hasta ahora la frase hecha era el corolario de la poca o escasa vergüenza de nuestra clase política, desde Mariano Rajoy a Alfredo Pérez Rubalcaba pasando por Ana Mato, Pepe Griñán, Arturo Mas, Pujol, Urdangarines y las docenas y docenas que, por acción u omisión, se han visto implicados en escándalos de diversa índole. Pasara lo que pasara, estuvieran o no inmersos en episodios de corrupción o triquiñuelas varias, aquí nadie dimitía. Pero hete aquí que mi tocayo, el Papa Benedicto XVI, nos ha dejado si el habitual recurso dialéctico. Dios ha dimitido, o al menos lo ha hecho su representante en la tierra, que es como el vicepresidente o el secretario de Organización de la cosa religiosa católica. Vamos que Benedicto XVI sería como la Dolores de Cospedal del PP o la Soraya Sáenz de Santamaría del Gobierno (suponiendo que Rajoy fuese su dios) o la Elena Valenciano del PSOE o la Soraya Rodríguez del primer partido de la oposición (suponiendo que Rubalcaba fuese alguien superior, que lo dudo).

El caso es que el Papa nos ha dejado a todos con la boca abierta y estupefactos al renunciar sorpresivamente al Pontificado sin que nadie le haya presionado para dejar el cargo (es totalmente falso que, como alguien afirmaba, estuviera su nombre en los papeles de Bárcenas). Sus razones tendrá, digo yo. Y dado que una de sus prerrogativas es la infalibilidad, no puede haberse equivocado, así que no hay que buscarle más pies al gato, hacer cábalas imposibles y habrá que aceptar que hay algunos dirigentes (en España no, claro) capaces de dimitir de su cargo por estar simplemente cansados, enfermos, mayores, hartos de coles o hasta la coronilla de aguantar traiciones de sus más allegados, léase secretarios particulares, gerentes, socios o camaradas del partido o de religión.

El todavía Papa ha tenido un detalle con Andalucía. Pese a que no ha visitado nunca nuestra comunidad, ha decidido dimitir el 28 de febrero, precisamente el Día de Andalucía, para que nosotros, los andaluces, no olvidemos la fecha en que volvió a recuperar su antiguo nombre de Joseph Aloisius Ratzinger apartarse de la vorágine del Vaticano y recluirse en un convento de clasura. Es todo un detalle por su parte. Hay quien dice que Pepe Griñán, que se sabe que está manejando subseptricia y ladinamente los hilos para ascender a las más altas esferas del poder y suceder a Rubalcaba, ha mediado ante el Vaticano para fijar la fecha y así pasar desapercibido en el discurso que tiene que dar en el Teatro de la Maestranza con motivo de la entrega de los títulos de Hijos Predilectos y las medallas de oro de la comunidad. No acabo de creermelo porque Griñán tiene ascendencia con los sindicatos, con la CEA, con sus socios de IULV-CA e incluso con el cura Chamizo, Defensor del Pueblo andaluz, pero está bastante alejado de la cúpula eclesial por más que su Gobierno resida en lo que fue el Antiguo Seminario, el Palacio de San Telmo.

El caso es que, visto lo visto con el Papa Benedicto XVI, muchos de nuestros dirigentes deberían de plantearse ese verbo tan difícil de conjugar en política como es el de dimitir. Si la renuncia del Papa, que en teoría gobierna a miles de millones de fieles en todo el planeta y es el referente de la fe y del más allá, solo va a suponer unas cuantas portadas de periódicos y unas cuantas especulaciones sobre sus posibles sucesores hasta que salga la fumtata blanca, digo yo que la dimisión de cualquiera de nuestros incorruptibles líeres políticos, llámense Rajoy, Rubalcaba, Griñán, Chaves o incluso Juan Carlos, tampoco sería tan traumático para la ciudadanía. Al fin y al cabo, y ejemplos cercanos hay como Aznar, Zapatero o Arenas, que decidieron no repetir, es bueno para la sociedad que alguien dé ejemplo y sepa retirarse a tiempo antes de que le den la patada. Porque algunos llevan en el cargo más años que Matusalem y están durando más en política que un martillo en manteca. ¿O No? Yo simplemente lo dejo caer. Quien quiera entender, que entienda y mediten seguir el ejemplo del Santo Padre aunque el catolicismo se la traiga al pairo.

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