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Primero, tomemos los partidos; luego...

Primero, tomemos los partidos; luego...

lunes 27 de mayo de 2013, 12:25h
Aparecen esporádicamente en algunos periódicos artículos más o menos largos, más o menos especializados, sobre la necesidad de cambiar la estructura y el funcionamiento de los partidos políticos españoles. Este mismo martes se presenta en Madrid un 'manifiesto' por una nueva ley de partidos políticos, suscrito por gentes que no se dedican a la cosa pública, pero que han triunfado, hasta cierto punto, en sus actividades privadas: son eso que se llama sociedad civil y que en España es una realidad tan fragmentada. Tienen razón: cambiar el funcionamiento, tan viciado, de las formaciones políticas es la primera y urgente medida para regenerar la vida política en nuestro país, porque, al final, los partidos son los que cimentan la vida democrática, y esta democracia, como dijo Churchill, puede que sea el peor sistema conocido, excluidos todos los demás.
 
Ni siquiera estoy seguro de que se precise una ley de partidos para arreglar las cañerías -y las paredes, y los suelos, y el tejado-de los que ahora existen. Pero sí estoy seguro de que hay que abrir las reuniones de las ejecutivas, los congresos y las conferencias sectoriales a la participación de militantes y no militantes, al escrutinio de los medios, que también deben tener acceso pleno a las cuentas, así como de que hay que exigir la celebración de elecciones primarias y la limitación de mandatos. Mientras esto no sea así, se reproducirán casos tan lamentables como los que han colocado en los titulares a los ex tesoreros del PP, a los administradores del PSOE en el 'caso Filesa' y a las direcciones de otros partidos nacionalistas en innumerables otros 'casos' de corrupción y prepotencia, de variada nomenclatura, que han ido proliferando a lo largo y ancho de la nación.
 
En general, como alegan todos esos críticos del funcionamiento de nuestros partidos, hay que admitir que no caben paliativos: este funcionamiento es perverso. Los 'aparatos' han tomado el poder, repartiendo prebendas y castigos a placer; las candidaturas siguen siendo cerradas y bloqueadas; los congresos, un contubernio de pasilleos; la contabilidad -y ahora sí hablo especialmente del PP-, un apaño que ninguna empresa privada podría sobrellevar...Y, en general, la mentalidad de quienes rigen nuestras -porque nuestras son-formaciones políticas sigue siendo la de una casta cerrada a las influencias exteriores, que es precisamente lo contrario de lo que se pretendía en el origen de estos partidos.
 
Lo bueno de todo esto es que los ya casi continuos aldabonazos procedentes de esa magmática sociedad civil, así como las concluyentes sentencias que envían las encuestas, están movilizando las conciencias y las mentes de esa clase política tan oligárquica, de manera que ya han empezado a moverse algunas cosas: por ejemplo, en el PSOE, donde, por lo que he hablado con algunos responsables, han percibido claramente, comenzando por su máximo responsable, Alfredo Pérez-Rubalcaba, que las cosas no pueden seguir así. Pues que cunda. Uno, por su parte, sólo puede comprometerse a ser una más de esas voces perdidas que, desde la independencia y el descorazonamiento, reclaman cambios, porque lo de los partidos es apenas un primer paso: luego viene todo lo demás. Por eso, amable lector esta machacona insistencia, por la que le pido perdón: nos va mucho en ello.


>> El blog de Fernando Jáuregui: 'Cenáculos y mentideros'>>
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