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El país del eterno carnaval

El país del eterno carnaval

sábado 02 de noviembre de 2013, 12:15h
¡Qué nos gusta un disfraz! Más que a un tonto un lápiz. Será por aquello de que no estamos contentos con lo que somos y tenemos y nos vemos obligados a aparentar aspectos totalmente diferentes a los que somos habitualmente. No nos basta con la semana entera de los carnavales de febrero que, desde Cádiz y Canarias, han acabado invadiendo todo el territorio hispano con tipos más o menos conseguidos o ridículos, no nos basta con disfrazarnos en Semana Santa de penitentes y costaleros, de mantillas y ternos de luto, y en la Feria de traje corto o de gitana (faralaes, lo llaman algunos), de pijoteros de traje entallado y corbata floreada, no nos basta con travestirnos en verano de guiris en camiseta y chanclas aunque no pisemos la playa, no nos basta con colocarnos las pegatinas de UGT, CC.OO. o de la escuela pública para manifestar nuestras más que justificadas protestas. 

Por si todo eso fuera poco, además tenemos que importar festejos foráneos como el de "jalogüin" de los yanquis en los que el disfraz más cutre y asqueroso juega un papel fundamental para el disfrute y el gozo de pequeños y mayores. Con lo divertido, cultural y autóctono que era el sevillano Don Juan Tenorio y su "cuán gritan estos malditos, pero mal rayo me parta, si en acabando esta carta, no pagan caros sus gritos" y su "no es verdad, angel de amor que en esta apartada orilla...". Y es que te das estos dias un paseo por el centro de Sevilla (imagino que ocurrirá algo similar en Granada, en Madrid, en Zaragoza, en Barcelona o en Valencia) y te encuentras todo una variopinta fauna de pandillas jóvenes ataviadas con los más extraños atuendos que imaginarse puede. Ya no hace falta que sea Carnaval ni jalogüin. Entre las innumerables bodas, las despedidas de solteras, las fiestas universitarias y los diversos saraos del fin de semana, que en Sevilla suelen girar todos en torno al traslado de alguna cofradía o al besamanos de una Virgen, no gana uno para sustos. No hay sábado en el que no te topes con alguna sorpresa, aunque hay que reconocer que, de cara al turismo extranjero, toda esta orgía de disfraces con la que se engalana media España tiene su conque. 

Ya imaginarán la cara que ponen los suecos, los japoneses, los alemanes o los yanquis cuando se topan en Sevilla con una interminable procesión con varias bandas de música o con coros rocieros que han colapsado las principales arterias de la ciudad. Hay alguno que todavía recuerda el eslógan turístico que el entonces ministro de Franco, Manuel Fraga inventó en los años sesenta, ya saben, aquel de "Spain is different", y vaya que si lo somos, diferentes hasta el hartazgo. Somos tan diferentes al resto de los mortales que posiblemente seamos los únicos que no esgrimimos un sólo símbolo nacional en estos disfraces que tanto nos gustan y que nos identifique como españoles. Aquí podemos ponernos encima la bandera de Italia, la de Gran Bretaña, la de Cuba o incluso decorar nuestro disfraz con las barras y estrellas norteamericanas, pero que a nadie se le ocurra colocarse una bandera española encima, que lo llamarán fascista y lo correrán a gorrazos. Y es que ya se sabe que aquí, la rojigualda sólo se saca a la calle cuando la selección de fútbol consigue algún gran éxito. Es algo que me comentan muchos extranjeros con los que ultimamente suelo enebrar conversaciones en Oleo-le, la magnífica tienda de aceites que mi mujer tiene en pleno centro de Sevilla y a la que acuden innumerables turistas de diversas nacionalidades. 

Todos coinciden en que los españoles no sabemos valorar las bondades de nuestros magníficos productos alimenticios como es el aceite de oliva, el jamón, el atún, los vinos, el azafran o la trufa negra, por poner algunos ejemplos, del clima, de laamabilidad de nuestra gente y del ambiente callejero. Y casi ninguno de ellos entiende la agria y encendida polémica nacional sobre la pretendida independecia de Cataluña, sobre todo después de haber disfrutado de unos días de vacaciones en Barcelona y comprobar que, para ellos, no existe gran diferencia entre lo que han visto y paladeado allí con lo que se encuentran en Sevilla, a casi mil kilómetros de distancia. Para ellos todo es España y no les importa reconocerte que se sentirían orgullosos de pertenecer a un país cuyo estilo y calidad de vida envidian por más que contemplen que lo estamos pasando mal por la crisis. Algo que muchos catalanes parecen querer ignorar.
Así que ya va siendo hora de poner pie en pared y de que encerremos en los armarios hasta febrero tanto los horribles disfraces de jalogüin como los de cordero lechal y salgamos a la calle vestidos con nuestra indumentaria habitual de españoles para dejarle claro a algunos que no se puede jugar interesadamente con todo un país a base de mentiras y manipulaciones históricas. Y el consejo no es sólo para aquellos que han hecho del nacionalismo su modus vivendi sino también para los que, diciendose españolistas de boquilla, siguen mareando la perdiz y jugando con diversas barajas para evitar perder poder político. La presidenta andaluza, Susana Díaz, así parece haberlo entendido, cosa que le aplaudimos. Todos nos estamos jugando mucho y deberiamos ser todos quienes decidiéramos sobre el futuro de España y no sólo aquellos que pretenden condicionarlo con sus decisiones.   
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