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Miserables

Miserables

martes 12 de noviembre de 2013, 21:05h
Nos ha contado el compañero Pedro Simón, que la presidenta de la ONG denominada Sociedad Española de Medicina Humanitaria y exconcejal del PSOE en el ayuntamiento de Madrid, Pilar Estebanez Estebanez, sacó una tarjeta visa con cargo a un proyecto de cooperación -lógicamente subvencionado con dinero público- con la que pagó comilonas con los amigos, copas con familiares y hasta un viaje a Pamplona para ver los sanfermines. Esta sinvergüenza utilizo un proyecto aprobado en el 2010  por el que la citada ONG recibió por adelantado 31.120 € -para impartir cursos de formación, de emergencias humanitarias, etc- para pasar dietas por duplicado tanto al Ministerio de Sanidad como al de Asuntos Exteriores y pagarse así las comilonas privadas y los viajes particulares.

Se podrá decir que este es un caso de un "chorizo" más, pero es que resulta doblemente escandaloso que la Sociedad Española de Medicina Humanitaria haya falseado dietas por kilometraje para financiarse de forma opaca, haya destinado dinero de proyectos de cooperación a gastos que nada tenían que ver con el mismo, incluso haya contratado a familiares de forma ilegal a cargo de la subvención recibida.

Al parecer no les importaba nada ni se paraban en sutilezas incluso llegaron a colar a becarios como ponentes de prestigio para perpetuar la magancia. La citada ONG ya tiene una denuncia en el juzgado y los delitos que se le imputa son graves: falsedad en documento mercantil, malversación de caudales públicos y estafa, pero más allá de la responsabilidades penales, a una se le abren las carnes al comprobar como, bajo la apariencia y el epígrafe de ayuda humanitaria se han hecho nuestro país auténticos desmanes.

La cosa consistiría en buscarse las mañas para camuflar el abuso. En la facturas, por ejemplo, en vez de poner ron de lujo se ponía  "menú" y listo. Ya sabemos que no se puede juzgar a todos por el mismo patrón, pero cuando ves cosas así uno se plantea si la maldad de la condición humana tiene límites y sobre todo en qué manos estamos y a qué nivel de degradación moral y ética hemos llegado en este país.

Hace un tiempo una ONG en la que yo venía colaborando salió en los periódicos por un caso de fraude generalizado y a escala internacional una noticia de la que aún no me he recuperado. Mi marido y yo decidimos apadrinar a dos niños del tercer mundo coincidiendo con el nacimiento de nuestros hijos. Propusimos a una ONG de bastante prestigio y que en teoría tenía todas las garantías, pagar su manutención y sus estudios hasta que cumplieran 18 años y así lo hicimos. La cosa iba bien. Todos los años nos mandaban los resultados académicos de nuestros patrocinados y coincidiendo con las fiestas de Navidad nos solían enviar algún trabajo, alguna manualidad elaborada por ellos, incluso alguna carta.

Jamás tuvimos su dirección, por lo que para escribirles nosotros lo hacíamos a través de la organización. Así estuvimos 10 años y nos alegrábamos mucho cuando veíamos como los chicos -un niño y una niña de la misma edad que los nuestros- tenían, gracias a nuestra pequeña aportación, una oportunidad para salir adelante.

Aún recuerdo el nudo que se me puso en el estómago el día que leí en el periódico que toda aquella labor humanitaria era un fraude. Resulta que éramos muchos los que apadrinábamos a los mismos niños, la gran mayoría de los cuales habían abandonado la escuela y, por supuesto, estaban desprotegidos y abandonados a su suerte. Los responsables de aquella ONG se dieron a la fuga y luego se supo que tenían lujosas mansiones y cantidades ingentes de dinero en paraísos fiscales.

Reconozco que desde entonces me he vuelto más desconfiada y antes de hacer cualquier donación miro con lupa a quién la hago. Últimamente siempre acudo a la Cruz Roja, Cáritas y poco más, y cada vez que leo en los periódicos que un responsable público abusa de la confianza que los ciudadanos depositan en él, se me revuelve el estómago. A este éste tipo de gentuza no sólo hay que señalarle con el dedo acusador de la justicia sino denunciar una y 100 veces sus miserables actos, para que reciban el desprecio de todos. ¡Basta Ya! pedazo de miserables.
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