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La boda de mi peor enemiga

La boda de mi peor enemiga

lunes 17 de marzo de 2014, 06:42h
Imagino la carita que se le pondría el domingo a muchos dirigentes socialistas andaluces cuando abrieran el periódico en el desayuno y vieran la fotografía de la juez Mercedes Alaya, vestida de novia vintage y cola y el pelo rizado, bajo una lluvia de pétalos de rosa. Y lo que soltaría por esa boquita la ex consejera, ex ministra y todavía vicepresidenta del Banco Europeo de Inversiones, Magdalena Álvarez, quien a estas alturas debe estar buscando avales para su fianza, a quien se le cortaría el café con leche y se le atragantaría el cruasán en el primer bocado. El caso es que la magistrada, cumpliendo fielmente el anuncio hecho hace algo más de un mes, celebró su "reboda" con su marido el auditor Jorge Castro treinta años después de su primer enlace, y el acontecimiento, digno de cualquier famosa del Hola, levantó una inusitada expectación, tanta que hubo de modificar lo previsto sobre la marcha para impedir cualquier alboroto. La iglesia de San Alberto Magno, sita en pleno barrio de Santa Cruz.en la calle Estrella a dos pasos de un famoso bar del mismo nombre, fue finalmente el templo elegido a última hora después de que se descartara la Basílica del Gran Poder, donde estaba prevista inicialmente la ceremonia.

Es lo que tiene el ser famosa, que los paparazzi no le dejan a una tranquila. Y Mercedes Alaya lo es. No tanto, claro, como la Duquesa de Alba o Isabel Pantoja, pero para muchos andaluces es todo un referente ejemplar de lo que debería ser la Justicia en España y eso marca y mucho. Eso sí, fiel a su carcaterística forma de actuar en los Juzgados con imputados y periodistas, Alaya se hizo esperar casi tres cuartos de hora aunque esta vez no interrogaba a ningún Guerrero, y no me refiero precisamente al decano de los jueces, Francisco Guerrero, quien fue uno de los pocos compañeros de profesión invitados a la boda, sino a Francisco Javier el de los gin-tonics. Cuenta la crónica de mi ex compañera Mercedes Benítez que el festejo acabó en el palacio de la Condesa de Lebrija con salmorejo con buey de mar, solomillo y helado. Enhorabuena señoría, que sea feliz mientras se lo permitan. Trate de aprovechar al máximo los buenos momentos porque me da a mí que algunos están dispuestos a amargarle la existencia. Se avecinan tiempos tormentosos.

Y es que parece que el PSOE-A está decidido a pasar al ataque con el visto bueno de su secretaria general y presidenta de la Junta, Susana Díaz. La fianza de casi treinta millones de euros impuesta a Magdalena Álvarez parece haber sido la gota que ha colmado el vaso de la paciencia de un sector dispuesto a utilizar todos los medios legales a su alcance para desarbolar la instrucción que está llevando a cabo Alaya en la trama de los EREs fraudulentos. No van a escatimar medios y si para ello tienen que utilizar los enormes recursos de la administración autonómica, lo harán. Tampoco sería la primera vez.

Es lo malo que tiene confundir la parte con el todo, el partido con Andalucía, y pensar que el respaldo reiteradamente obtenido por los socialistas durante más de treinta años en las urnas les da patente de corso para hacer lo que les viene en gana. El ejemplo del fraude continuado durante más de una década con los EREs es sintomático de esta situación. Un fraude que no se habría producido si alguien no hubiese diseñado un modelo para desviar dinero público a otros fines para evitar los controles que toda administración debe tener. No sé si fue Magdalena Álvarez, como afirma Alaya, quien ideó la fórmula, pero si fuese así, los treinta millones de euros de fianza impuestos por la magistrada astigitana, me parecerían incluso pocos. Alguien, y no sólo Guerrero, Fernández y los "cuatro golfos" que decía Chaves, debe de asumir la responsabilidad política y penal del mayor escándalo de corrupción de la democracia. Porque si algo está quedando bastante claro en todo este turbio asunto es que los varios cientos de millones robados a los andaluces jamás serán devueltos, como tampoco los devolverá la UGT por más pamplinas que diga la gran Susana de cara a la galería.
 
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