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El trío de los amores

lunes 12 de noviembre de 2007, 16:14h
Los tiempos cambian, y en este caso a mejor. En tan solo cuatro años, hemos pasado del “Trío de las Azores” al “Trío de los amores”, se supone que a España.  Las menciones, e incluso las críticas, a los tres primeros han quedado reducidas casi a la nada por el paso del tiempo, el fracaso de sus políticas basadas en “la letra -de la democracia- con sangre entra” y porque han terminado siendo considerados por muchos unos chulos, arrogantes, soberbios y en exceso preocupados por el petróleo de aquella zona tan sensible de Oriente Próximo. 

A George W. Bush le queda poco -en el poder-,  Tony Blair y José María Aznar ya  no están. Ya no están todo el día ocupando el protagonismo y recibiendo denuncias como integrantes de la tripleta atacante que, en la cumbre de la isla lusa,  inició la cuenta atrás de la explosión que estalló en Iraq poco después  y que tanto dolor y  muerte ha provocado entre la población civil, además de dar alas a los que, desde el terrorismo, estrangulan las escasas posibilidades que existen de encontrar una pacífica y decente salida al conflicto.

La guerra de Iraq ya tiene licencia de la ONU y todo lo anterior parece haber quedado en el baúl de los recuerdos. Sólo se sacará si las cosas vuelven a ponerse negras y/o si las formaciones políticas necesitan esta cuestión para lanzarla contra el rival más cercano en los sondeos electorales. Mientras tanto, y a la espera de que el desprecio por el rival y el insulto constante queden congelados lo más posible, salta la sorpresa de forma casual y porque Hugo Chávez, mandatario venezolano, cree siempre que habla que está en su programa de televisión.

El español del “Trío de las Azores” fue la causa de la pelea. Lo que vimos en televisión parecía más una copia del televisivo  “59 segundos” o una tertulia en una taberna del Madrid castizo que la XVII Cumbre Iberoamericana, celebrada en Chile.  “Achanta la mui”,  le dijo el Rey de España a un pesado presidente de Venezuela que repetía su cantinela de siempre: “Aznar es un fascista”. Luego Zapatero, con un discurso impecable sobre la tolerancia y el respeto a los demás, puso las cosas en su sitio hasta que el monarca, mirando al presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, se levantó de la reunión tras escucharle arremeter contra la patronal española.

En la tele se ve como antes de dejar su asiento sonríe, con  un gesto que parecía decir “éste está colgado”. Parece que el jefe del Estado y el presidente del Gobierno de España se habían puesto de acuerdo en quién daba la espantada de protesta y quién se quedaba a defender los intereses patrios. Parecían un equipo. De sorpresa en sorpresa. Aznar, el aludido por Chávez, descuelga su teléfono, llama y les agradece el gesto. Sin duda lo es. También es una sorpresa porque, a pesar de que Zapatero y Aznar no se llevan y  de que el segundo ha dicho verdaderas barbaridades del primero —quien, por cierto,  nunca se ha quedado corto en las respuestas que ha dado al segundo—,  nadie lo esperaba. Y al final, todos contentos.

Juan Carlos I de España sube puntos en el ranking mediático político al sacar pecho y echarle morro al cortar a Chávez con un ‘cállate majo y deja hablar’; Zapatero, ni te cuento. Los críticos con él por sus alianza con los nacionalistas y  su poco visible amor a la bandera se han debido quedar pasmados al comprobar que no sólo grita ¡Viva España! en tierras extranjeras sino que advierte al amigo venezolano que no aceptará más espectáculos ni insultos a Aznar, rival y compatriota. Ni uno más.

Qué duro el creador del “Trío de los amores” a la hora de salir como abanderado mayor del Reino de España y de la integración de los rivales. Qué detalle tan tierno dar entrada en este grupo a uno de los integrantes del “Trío de las Azores”. De lo sucedido puede nacer una gran amistad, recuperando gestos, detalles y palabras bonitas que no tenían  entre ellos. Y por qué no pueden plantearse actuar juntos, recorriendo sitios de España y Europa, o lugares de otros continentes, para representar guiones cortos pero contundentemente proclives al acuerdo y a la negociación para resolver conflictos.

El amor vence al odio. Cuando Zapatero ya no esté —en el poder— y Aznar siga con sus cosas —de otro poder—, ambos podrían coincidir en el Consejo de Estado. El Rey y ellos dos podrían formar un trío estable y,  aunque los moralistas suelen decir que esta modalidad no siempre funciona en la cama, parece claro que,  en foros conflictivos, siempre da buen resultado. Que el amor no se rompa aunque Chávez siga siendo el malo de la película, porque así lo han decidido los guionistas.
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