Fue Luís María Ansón, al comienzo de tu etapa como Director de la Razón, el que ideó una sección en su periódico que venía a sustituir las famosas “Caras de la Noticias” de ABC, por otra más provocadora que a la que llamó “Gente, gentecilla y gentuza”.
El bueno de Ansón no pudo mantenerla durante mucho tiempo porque no le faltaban candidatos para gente y gentecilla, pero la gentuza – con ser numerosa- constituía una categoría casi de delincuentes a los que no convenía promocionar con tanta generosidad mediática.
Ser gente es algo digno, ser gentecilla es querer y no poder y ser gentuza es pretender ser gente siendo en realidad gentecilla de tercera.
Con esta nueva clasificación podría reeditarse aquella franja periodística para acoger a no pocos individuos e individuas que van de porteras zafias e incultas en los llamados programas del corazón.
Como diría una chica educada a la que conozco, son “lo puto peor”, pero les pagan por exhibir sus miserias intelectuales, gritando e interrumpiéndose unas o otras – les incluyo a ellos en las otras - e insistiendo que han investigado porque son periodistas y tiene derecho a saber y a contar lo que pasa en las vidas de los otros.
La libertad de expresión para ellas - están incluidos ellos – es la patente de corso para difamar sin citar fuentes que no existen, aventar sospechas, y hacerse a sí mismas – los incluyo a ellos – preguntas que abren el camino a cualquier posible respuesta.
Groucho March cuenta en sus memorias que “ siempre le ocultó a su madre que era periodista y prefirió contarle que tocaba el piano en un burdel porque no quería avergonzarla”.
Tal como están las cosas se están invirtiendo los términos y hay cada vez más gente que procede de burdeles y que ejerce el oficio de contar cosas sin fundamento, sin miedo a que sus familias se enteren de que han cambiado la dignidad de ejercer por la noche a la indignidad de salir en algunos programas de la tele.