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Esos locos bajitos

sábado 07 de noviembre de 2015, 18:15h

Desfilan despreocupados y vanos entre la bruma y el arco iris. Persiguen sus sueños con apasionamiento y no les preocupa la realidad (…) y no hay nada en sus gustos o en sus fines que les enseñe qué queremos decir los adultos cuando hablamos. Termino de leer un ensayo de Robert Louis Stevenson: “Juego de niños”. A mi lado está el periódico tirado. Se ve un editorial que bulle sangre tierna, a esa hora de la mañana. Los niños de Egipto mueren. Niños de Irak, Afganistan, Siria, cualquier parte del mundo, se hieren con la injusticia oscura que les envuelve. En Qatar, paraíso petrolífero en donde el dinero anula cualquier otro sentimiento, murieron asfixiados trece niños en una guardería. La fotografía de Nilufer Demir del niño en la playa destrozó nuestro corazón –y el de Merkel, aunque para nada- y dejó doloridos los ojos de ver la actualidad. Todo eso genera una angustia en occidente que pica un poco y enseguida se calma, quizá con imágenes aún más terribles y tristes que llegan todavía al televisor.

Dejad que vengan a mí, decía El Cristo, porque de ellos es el reino de los cielos. Y luego con una prosa llena de una rabia incontenible dijo, según cuenta Lucas, que a quien los escandalizare más le valdría colgarse una piedra de molino al cuello y ser arrojado al mar. Esta frase sufre en la cueva oscura del catolicismo, donde se escondían hechos pederastas, hasta que ha llegado un Papa jesuita pobre y humilde, evangélico, para rescatar las palabras del mismo Cristo y ponerlas delante de la conciencia de una jerarquía anquilosada en sus lujosos palacios.

Los niños, esos locos bajitos de Serrat, son habitantes naturales del país de las nubes. Así define su mundo Stevenson. Ellos son nuestro pasado y nuestro futuro. En su respiración y en su mirada hay muchas respuestas a las preguntas que nos hacemos sobre la vida. Si no perdiéramos con los años algunas virtudes infantiles (generosidad impulsiva, cercanía de la pureza, placer de la sorpresa, colorido de lo cotidiano, la realidad como juego…) el mundo sería menos duro. Tienen, como dice Stevenson, la curiosidad del caminante ante cualquiera de las historias que les contamos.

Ellos nos muestran una razón para la fe en la fantasía, ese poder humano que está en la raíz de la filosofía y de la ciencia, del arte, de la literatura, el pensamiento… Ellos nos avisan de que nos hemos desviado en el camino cuando no nos entienden, o no los entendemos. Los niños sufren en el callejón insalubre de la historia, y nos enternecemos mucho pero no pasa nada. Sin embargo ellos no nos miran, siguen en su mundo inventado escuchando el viento, viviendo su mitología para colmar su hambre de vida, y cuando procede, para distraer su dolor.

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