www.diariocritico.com

Fortaleza y cobardía

lunes 30 de noviembre de 2015, 13:20h
Hace pocos meses, las elecciones generales presentaban un escenario doméstico y espeso en el cual todos los ajenos a la mayoría absoluta gobernante afilaban sus navajas contra un gobierno desgastado por el ejercicio del poder en tiempo de crisis. Además del desgaste estaba el desprestigio creado por las sombras de la corrupción. Pero esta mancha se extendía en varias direcciones, incluyendo al partido que encarnaba la única oposición con presunta capacidad de recambio. Por ello emergieron otras propuestas improvisadas, críticas contra lo que consideraban el sistema, es decir, el bipartidismo que había dado estabilidad y consenso a la era de la Transición. Estos inventos cuajaron en dos ofertas sin experiencia -Ciudadanos y Podemos- que consiguieron gran escaparate mediático y unos resultados significativos en las elecciones europeas y municipales celebradas en esta etapa.

Planteadas las cosas desde un cuarteto, las elecciones generales del próximo diciembre se presentían como una pelea de gallos de corral en un gallinero sucio. Las municiones a emplear en la pelea eran las manchas que pudieran afear la imagen personal de unos o de otros y provocar la desconfianza en las promesas, por incumplidas o por incumplibles, de los programas partidarios. Como si se tratase de elegir el consejo de administración de una entidad de rango menor entre agrupaciones de socios enfrentados y deslenguados, los contendientes parecían dispuestos a explotar todas las bolsas de estiércol del pasado y del antepasado, a regatear unos puntos de más o de menos en la recaudación de impuestos, a ofrecer subvenciones y salarios sin concretar de donde podían deducirse los costes, en utilizar la demagogia de ofrecer lo que no se tiene o la demagogia de explotar el temor a perder lo que se tiene. En esta charca de inmundicias y falsedades se presentían dispersiones de votos, pactos poco fiables, desequilibrio parlamentario y, como resultado, un hipotético poder ejecutivo insuficiente para las responsabilidades del gobierno de un Estado ubicado en una geografía con tensión estratégica.

Sobre este paisaje depresivo ha repercutido una situación bélica que originó la subida de la tensión mundial y que ha obligado, a todos y cada uno, a retornar a la verdadera política, por encima de las escaramuzas de vecindario a que acostumbran reducir los demagogos sus querellas y propagandas. Lo quieran o no lo quieran, quienes plantean estas elecciones desde críticas al pasado, han perdido protagonismo y actualidad las referencias al rescate o al no rescate, a los recortes o a los aportes a esta o aquella reforma. La política ha recuperado su nivel de alta competencia que reside en su dimensión global, en la seguridad y defensa de la identidad propia, en la integridad del territorio, en la vida libre de sus habitantes, en los compromisos y alianzas de cooperación exterior y en la fuerza proporcionada para la salvaguardia de los derechos, intereses y aspiraciones de la comunidad a que sirve cualquier gobierno digno de tal nombre a nivel español, europeo o mundial.

Existe la impresión de que, con todas sus imprecisiones y vaguedades, las ofertas electorales con capacidad de captación mayoritaria de voto lo han comprendido con mayor o menor claridad. Tanto por el desafío provocado por el terrorismo yihadista, que es algo más que terrorismo, como por las sediciones contra la unidad nacional, que son algo más que separatismo, se han producido reacciones convergentes iniciadas por las dos opciones que, según pronóstico, podrían tener papeles relevantes en las elecciones: PP y PSOE. El pacto abierto por PP y PSOE abrió el acuerdo hasta nueve partidos, incluyendo desde un Ciudadanos emergente a otras agrupaciones menores pero significativas. Según van desarrollándose los acontecimientos queda acotada una aglomeración de residuales que patrocina Podemos, dispuesta a distanciarse de la mayoría defensora de los derechos humanos y acogerse a un cínico Consejo de la Paz que mejor debiera llamarse Consejo para la derrota o asamblea de cobardes.

Hay que estar ciego para no ver que el mundo está en pie de guerra porque se lo ha impuesto una horda de fanáticos. Pie de guerra que no quiere decir estado de guerra con frentes como era la clásica contienda declarada entre Estados delimitados; así como “pie de paz” no quiere decir que la paz pueda establecerse porque una de las partes “renuncie a la guerra”, como decía la desafortunada Constitución de la II República. El pie de guerra en que vive el mundo libre y civilizado está provocado por un ataque de expansión y de infiltración de un ejército fanático, feroz, genocida, liberticida, inculto, machista y sádico, basado en la ocupación de una zona territorial con recursos de riqueza por una gigantesca banda de malhechores que, como dijo Obama “debe ser destruido”, aunque no sabemos qué medios está poniendo dicho presidente para tal destrucción. En esta situación, algunos irresponsable sueñan en obtener rédito electoral renovando el “no a la guerra” que les sirvió para explotar el impacto de un atentado solo porque el gobierno de entonces no tuvo la valentía de haber aplazado aquellas elecciones unos meses para distanciarlas de un clima emotivo irracional. Estos observadores “pacifistas” de ahora lo que hacen es contribuir al “pie de guerra” del enemigo, fomentando la pasividad y la cobardía en la retaguardia de las sociedades civiles agredidas y poniendo obstáculos a la intervención suficiente de las fuerzas armadas destinadas a proteger su paz sin temor a la muerte en acto de servicio. Esta táctica no puede explicarse en todos los casos como simple imbecilidad sino como supuración de un odio incontenible a los sistemas democráticos establecidos, dentro de los cuales los partidos populistas o disgregadores siempre son vencidos.

El ambiente conflictivo en que transcurran las semanas que faltan para las elecciones contribuirá a robustecer la conciencia de unidad y responsabilidad de nuestra nación en un tiempo peligroso y a desplazar hacia la marginalidad a esos políticos fofos que no tienen valor para estar a la altura de las circunstancias pero son lo suficientemente viles para remover las heces del miedo. En estas circunstancias, la paz demanda uniones sólidas y estables. La paz pide instituciones fuertes y políticos cabales. Sin fortaleza no está garantizada la laboriosidad, la economía, la cultura ni la libertad de las gentes de ninguna nación o unión de naciones. Fluctuar entre la fortaleza y la cobardía es traicionar a la paz.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios