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De dónde son las mujeres

sábado 05 de diciembre de 2015, 19:10h

Un bosque frondoso. El cielo blanco, profundo. Parece la seda que guarda el inmenso azul que luego ennegrece. La luz perdida de las estrellas aparece cuando las nubes dejan de ser espesas. Un taller de escultor. Un viejo de mirada profunda, enigmática, adusta, capaz de apresar el silencio hermoso de la naturaleza. Una mujer de ojos lánguidos. Su rostro es blanco como la seda del cielo. Sus labios rojos como el horizonte del alba. El viejo escultor la mira y la sueña. Quizá recuerda los últimos versos de la “Oda a una urna griega de keats”, cuando el poeta dice que la verdad es la belleza y nada más necesitas saber en este mundo vano. El viejo piensa en la naturaleza vibrante y libre que le rodea. El bosque está recibiendo el otoño para ser aún más bello. Amarillo como el aire después de nacer. Los pájaros vuelan raudos no solo buscando el calor del sur, también se alejan huyendo de la guerra.

El viejo la mira. Siente la hermosa tristeza de la tez blanca de ella. Sus pestañas casi cerradas son de un negro avasallador. Los pechos tersos, pequeños. La piel serena. Va apareciendo poco a poco mientras ella se quita la bata con lentitud. Luego está desnuda frente a él, ofreciéndole un gozo sin palabras, un silencio sin vida, una luz en la caverna profunda donde guarda su dolor hastiado por la vida. La guerra, el instinto de la crueldad, la violencia de los corazones apagados, el tiempo de la muerte y el tiempo de la angustia. En la belleza de ella el viejo ve un gozo que no nace de la materia. Se siente capaz de unir la poesía que encuentra dentro y la vida que atrapa libre afuera.

Escucha una leyenda, le dice el viejo a la musa. Dios no creó primero al hombre, le comenta. Ella atiende ávida por llenar su ignorancia. Dios creó primero a la mujer y le salió tan bien que se enamoró de ella, le dice. Y luego le explica que entonces yació con ella en las praderas y bajo los árboles del paraíso, y que de ese amor surgió el hombre, le dice destrozando El Génesis. Sí, insiste, Dios creó primero a la mujer y vio que era el sueño más maravilloso que pudiera tener. Y entonces le dio su amor para que el hombre fuese el hijo del sueño y la belleza. Ella le escucha, se ríe, y con una dulzura inmensa, que calma el dolor del tiempo, le acaricia la piel arrugada y libre.

¿Entonces Dios no creo a la mujer de una costilla de Adán para darle compañía?, ¿y no fue la mujer la causante de la expulsión del paraíso por lo de la manzana y el pecado?, le pregunta ella sorprendida. Qué va, le dice el viejo, ese es el primer acto de violencia de género de la historia. La fiscalía debería tomar cartas en el asunto, le dijo riendo, acariciando su alma con el cincel de su arte.

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