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Sobre democracia y capital financiero: los papeles de Panamá

miércoles 06 de abril de 2016, 12:03h

La información explosiva sobre las entidades opacas que ha sacado a la luz la investigación que ha recibido el nombre de los Papeles de Panamá, parece haber reverdecido la fe en la propuesta antisistema que pone en la picota a la democracia representativa. Naturalmente, los representantes de Podemos en primera fila. La crítica consiste en afirmar que la democracia representativa es muy permisiva con las matráfulas del capital financiero, porque en realidad es una democracia burguesa, cuyos dueños son en última instancia los grupos del gran capital.

En realidad, creo que todos esos finos acusadores abusan de la demagogia o son simplemente semicultos, es decir creen que saben lo que no conocen del todo. Porque el conflicto entre capital y democracia es tan viejo como la historia de este sistema político, es decir, desde que el movimiento obrero europeo logró (al cambio de siglo entre el XIX y el XX) obtener el sufragio universal, una persona un voto. Desde ese momento la democracia dejó de ser sólo de la burguesía y comenzó el conflicto entre democracia política y gran capital, especialmente el financiero. Ciertamente, ese conflicto no ha concluido y seguirá por mucho tiempo, pero la cuestión consiste en saber si es la democracia quien subordina al mundo de los negocios o al contrario.

Los grandes autores de la ciencia política de la segunda mitad del siglo XX, desde Norberto Bobbio a Giovani Sartori, ya señalaban que en los Estados nacionales y aun en los espacios regionales, como la Unión Europea, la democracia avanzaba indeteniblemente en el control del gran capital, porque se basaba cada vez más en los propósitos del bienestar general y eso le llevaba a adquirir progresiva independencia de los intereses del capital financiero.

Pero cuando terminaba el siglo XX se produjo un salto cualitativo en la economía mundial: llegó la globalización, con sus consecuencias económicas y políticas. Al conseguir operar en cualquier lugar del mundo en tiempo real, el capital financiero globalizado encontró una solución para romper con el embridamiento que le imponían las democracias nacionales. El capital financiero se movió con libertad, incluso para inducir crisis económicas mundiales, como la que comenzó con la burbuja de las hipotecas en Estados Unidos. Y ello facilitó el funcionamiento de espacios perdidos, los llamados paraísos fiscales.

Así pues, no hay que confundirse, el problema no son las instituciones democráticas nacionales, sino un hecho palmario: no existe un gobierno ni un parlamento a nivel mundial, que pueda controlar el capital financiero global. Porque las Naciones Unidas no son eso, sino un espacio de relación entre Estados, ni tampoco los son las cumbres mundiales (ni de los ocho o los dieciséis, ni Davos u otros mecanismos parecidos). Es decir, no existe un gobierno democrático mundial que pueda subordinar el capital globalizado a los intereses generales de todos los ciudadanos del mundo. Y las probabilidades de que ese gobierno mundial se constituya son bastante remotas.

Pero, desde luego, mientras ello no suceda resultará muy difícil controlar los movimientos de las finanzas mundiales y la existencia de sus operaciones opacas. Sólo podemos tratar de controlar a los propios ciudadanos de cada país y eso no hay ninguna duda de que resulta insuficiente. Porque aunque el tema de los paraísos fiscales no está ausente de las diversas cumbres mundiales, no existe competencia ni capacidad de controlar el capital financiero global ni de obligar a los países que se aprovechan de esa falta de control para hacer de ello una actividad considerablemente rentable. Pese a la mundialización, el globo no es todavía un espacio político común. Pero eso no debe hacernos valorar menos la democracia en nuestro propio patio.

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