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Garzón entrega la cuchara

jueves 28 de abril de 2016, 07:38h

Le toca el turno a Izquierda Unida. Los topos adiestrados por Pablo Manuel Iglesias siguen trabajando para él. Excavan el subsuelo de la izquierda residual y lo dejan listo para que Podemos lo compre a bajo precio. Se han propuesto quedarse con todo el territorio que linda con el PSOE. Tiempo tendrán después para remover la tierra que aguanta las estructuras centenarias de la formación socialista. Todo lo que hacen lo aprendieron en los manuales del leninismo fundacional y ahora replican las estrategias que practicó aquel partido bolchevique. Infiltrados por todas partes, paso a paso, se quedarán con el santo y la limosna de la parroquia izquierdista. A base de confluencias y federaciones creadas para la ocasión, van extendiendo su campamento de anarquistas libertarios, comunistas recién confirmados, indignados abandonados a su suerte, ecologistas, teóricos de la ciencia política y nacionalistas irredentos. Muy pronto se unirán a ellos las gentes de Izquierda Unida.

La escenificación del socialismo real en los países del Este de Europa y la Guerra Fría que enfrentó a los dos grandes bloques terminada la Segunda Guerra Mundial, debilitaron la influencia de los partidos comunistas occidentales y laminaron sus posibilidades en las urnas. A pesar de la evolución ideológica que han venido afrontando y del respeto escrupuloso a los principios democráticos de las naciones donde operan, el porcentaje de votos que cosechan es muy pequeño. Sin embargo, la peripecia histórica del Partido Comunista de España, embrión y motor de lo que ahora se denomina Izquierda Unida, es muy singular y trascendente. Resulta pues paradójico y patético que una de las agrupaciones fundamentales de nuestra etapa contemporánea no haya conseguido nunca una representación electoral importante. El PCE siempre fue una pieza imprescindible en el tablero nacional y uno de los soportes básicos de la estabilidad institucional que sustenta nuestro sistema político.

La Revolución rusa de octubre propició la aparición del PCE, nacido como tantos otros de una escisión de la socialdemocracia agrupada en la Primera Internacional. En sus primeros años de activismo fue una organización minoritaria, combativa y revolucionaria, que se enfrentó con fiereza a la Monarquía. Al calor del apoyo que le brindaba la Unión Soviética, creció y maduró en los albores de la República, convirtiéndose en un partido de cuadros, disciplinado y hermético, que participó con inteligencia en la formación del Frente Popular. Consumado el golpe militar que acabó finalmente con la legalidad republicana, el PCE fue la única fuerza que intuyó que había que ganar primero la guerra y hacer después la revolución. No consiguió imponer a los demás un criterio tan lúcido como lógico. Cuando se encargó de dirigir los ejércitos de la República, con el Quinto Regimiento como columna vertebral, era ya demasiado tarde.

A lo largo de la dictadura, moviéndose en la clandestinidad con una fortaleza insuperable, el PCE protagonizó la lucha contra Franco. En la recta final de franquismo, militaban en el PCE o simpatizaban con él los cabecillas de los movimientos sociales más comprometidos con la resistencia activa. Siguiendo la estela eurocomunista de los camaradas italianos, renunció a la lucha armada y a la dictadura del proletariado, adoptó como bandera la reconciliación nacional y creó las primeras plataformas de convergencia democrática. Celebradas las primeras elecciones en libertad, el PCE empujó la Transición y participó en la elaboración de la Constitución del Consenso. A partir de entonces comenzó el declive del PCE. El PSOE se les merendó la cena de la primacía y las luchas intestinas en el PCE hicieron el resto. La primera mayoría absoluta de PSOE dejó al PCE con solo dos escaños en el Congreso de los Diputados. Los mismos que tiene ahora. La historia no ha sido justa con el Partido Comunista de España.

Las encuestas pronostican un crecimiento importante de IU en las próximas elecciones, pero su jovencísimo dirigente parece dispuesto a firmar el certificado de defunción del PCE y dispersar sus cenizas en las aguas pantanosas de Podemos. Si no lo impide la veterana militancia de su partido, Garzón entregará la cuchara.

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