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Todos dicen: no habrá terceras elecciones. ¿Y?

sábado 04 de junio de 2016, 13:13h

Sí, todos aseguran que no habrá terceras elecciones. Pero ninguno da los pasos necesarios para que nos sintamos seguros de que esta vez, al menos esta vez, esas afirmaciones se harán realidad. Siguen los mismos vetos, los mismos programas, los mismos rostros y las mismas ideas tras los mismos rostros. Idéntico lenguaje al que escuchamos ya antes de diciembre de 2015 y, naturalmente, en los seis meses siguientes, los que nos han llevado hasta donde estamos.

Claro que no se repetirán las elecciones, básicamente, como le escuché a un destacado político, porque los españoles ya no lo permitirían, y creo que el buen Rey que tenemos, tampoco. Pero la solución no puede ser un parche apresurado, aprisa y corriendo, un torniquete para detener la sangría que no impida la gangrena. No sé si ese parche sería la abstención del PSOE –de ‘otro’ PSOE— para que pueda gobernar Rajoy en precaria unión con Ciudadanos, ignoro si quien diese el paso a un lado sería el propio Rajoy, permitiendo que alguien con mayor capacidad de diálogo con otras fuerzas, con Cataluña, encabezase su partido y ‘su’ Gobierno…Todo eso, me temo, sería pan (duro) para hoy y bastante hambre para mañana.

A mi entender, lo que los españoles necesitamos es un presidente surgido del consenso, de la aclamación, ya que el prestigio esta vez no va a surgir de las urnas. Un presidente capaz de diálogo con Cataluña, con los socialistas, con Podemos, con Ciudadanos, con el propio Partido Popular, con los sindicatos y con la patronal, con las instituciones y, por supuesto, con Europa, que nos las va a hacer pasar canutas en los próximos meses. Un presidente moderno, reformista y también –no es lo mismo— regeneracionista, que no esté cegado por la pertenencia a un partido ni obsesionado por alcanzar cotas inigualables de poder. Un presidente que gobierne con ministros designados por su capacidad en la materia y no por las siglas de su militancia, que sea capaz de aglutinar un equipo que lleve a cabo los cambios y que haga el Cambio. Ese presidente no tiene por qué ser un político profesional y sí, en cambio, una figura de prestigio en lo suyo, mejor si ese prestigio va más allá de nuestras fronteras. Ese presidente debería aceptar, para volver a la competición entre partidos y de izquierda-derecha que designa una democracia, una Legislatura breve, pongamos de dos años, de intensas reformas legales y administrativas, no dominadas por color político alguno.

Ya sé que ninguno de los cuatro personajes que se enfrentan por el sillón de La Moncloa reúne todos estos requisitos. Alguno de ellos no reúne casi ninguno. Me limito a recordar que, ante las próximas consultas para la investidura, el Rey puede proponer a un independiente si las fuerzas políticas no llegan a acuerdos estables y satisfactorios para la ciudadanía, que ya vemos que, a este paso, no llegarán: seguimos atascados en el ‘no, nunca, jamás’ a una gran coalición y a otras medidas que podrían suponer una cierta salida del túnel. ¿Lo que propongo es una utopía? Tal vez. Pero remontémonos a aquella revolución de mayo, que gritaba “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Y peor de lo que estamos ahora no íbamos, desde luego, a estar.

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