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Supervivencia y obstruccionismo

martes 23 de agosto de 2016, 14:56h

Una vez fijada la fecha para la primera sesión de investidura el 30 de agosto, el aparatoso embrollo político que estamos soportando los españoles se está reduciendo a una lucha por la supervivencia entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez. Es decir, que los españoles llevamos camino de ser los ciudadanos que más veces votan pero eligen menos. Es cierto que el peso electoral de los dos dirigentes es muy distinto. Si se contrapesaran en una balanza los 170 escaños que, con Ciudadanos, presenta Rajoy frente a los únicos 85 que, hasta la fecha, maneja Sánchez no hay duda de quién debe ganar. Si pesasen conocimiento de la administración pública y experiencia práctica también se inclinaría la balanza del lado de Rajoy. Pero no estamos ante un concurso de pesos sino en un duelo político sin cuartel.

En esta contienda, en la que el interés nacional está olvidado entre personalismos, Sánchez ha buscado el fracaso de Rajoy como una venganza de su vanidad herida, sin ninguna seguridad de que, cuando se produzca el fracaso de Rajoy, él pueda concentrar otra opción de gobierno presentable. Lo que busca es mantener su supervivencia como líder izquierdista. Sabe que la consolidación de Rajoy significa su fracaso definitivo. Desde otro punto de vista, también Rajoy debe ser consciente interiormente de que los resultados de su propio partido hubiesen sido otros si hubiera dimitido en su día al estallar la tesorería de su casa o hubiese promovido una renovación ordenada con tiempo suficiente. Su horizonte político, si ahora hubiese dado un paso atrás, podría ennegrecerse al convertirse en uno más de los personajes de su partido desahuciados por la mancha de la corrupción.

El tiempo de estos análisis ha pasado. En víspera de las sesiones de investidura, que no sabemos hoy cuantas serán, pues, como dice Rajoy, “depende”, la oposición negativa de Sánchez ha pasado de una simple cuestión de supervivencia a un empeño simple de obstrucción. Sánchez no puede aspirar a presidente de gobierno sin aceptar mentalmente la infamia de desmantelar la defensa del Estado Constitucional, dando entrada en el ejecutivo a los despreciables cuadros del neocomunismo y del separatismo disfrazados con las malas artes de la demagogia o del localismo. La utópica pesadilla de un frente popular no significaría dotar a España de un gobierno alternativo sino de un desgobierno desintegrador y empobrecedor, capaz de desencajar a una nación europea de la órbita internacional del mundo libre y civilizado.

La actitud de Pedro Sánchez en esta coyuntura ya no puede disculparse por su exceso de egoísmo o por su ansia de supervivencia. Se trata, en sus actuales consecuencias, de un obstruccionismo sin sentido práctico alguno. El no a Rajoy no es una razón convincente cuando está en juego la estabilidad institucional, los presupuestos para 2017 y los compromisos con la Unión Europea. Esta actitud es inaceptable desde el punto de vista de los políticos occidentales de centro-derecha o de la socialdemocracia. Sin conciencia del interés nacional, el ególatra parece preferir armar el Belén, en Navidades, que servir a España en septiembre. Excepto que se produzca el milagro de otoño, el gran obstruccionista se verá cubierto por el fango de la sinrazón. Por el momento, aún estamos en condiciones de esperar que el milagro de otoño se produzca.

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