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El teatro político y otros géneros

lunes 05 de septiembre de 2016, 15:22h

Nunca podrían haber imaginado Bertolt Brecht o Heine Müller cómo iba a derivar el teatro político, llamado también dialéctico. Aquí y ahora lo hubiera tenido Alfonso Sastre para su inspiración y, desde luego, Valle-Inclán para sus esperpentos. Palabra esta última rica en certeros sinónimos que viene a cuento: disparate, espantajo, ridiculez, mamarracho y grotesco. Decía Valle-Inclán que a los personajes se les podía mirar “levantando el aire”. Algunos de “estos” se levantan el suyo propio. Cualquiera sabe si vamos a las terceras elecciones o acaso a una nueva investidura. Pero… ¡¿Así?! Esa es la pregunta: ¡¿Así?! Aún se están asimilando los debates de investiduras y cuanto más se piensa es peor.

Qué decir de Mariano Rajoy y su cinismo, resumirlo todo en que el posible as del que tanto se hablaba que se podía guardar en la manga era el del nuevo nombramiento para el exministro José Manuel Soria. Nada más perder la segunda votación de investidura saltó la noticia, con nocturnidad; lanzó el bote de humo y salió corriendo. Lo otro tapó rápidamente a lo uno en las redes sociales. Caras de todos los colores; los tonos políticos tornaban en la escala: los rojos a violáceos, los morados a verdes y los naranjas a blancos.

De Pedro Sánchez, que no se sabe si controla o no controla su partido, como para controlar otras cosas. A Felipe González, desde luego, no, aparece en escena cuando quiere y como quiere. Por BorreLl que no tema, él sólo contesta, y Susana Díaz está muy callada, ojo… Ojo al nuevo Comité Federal. Está en un circo de dos pistas con malabares que se le caen una y otra vez al suelo. Pero bueno, ahí tiene a Iglesias y, claro, a Rivera. Dice que ahora, ahora, tiene una alternativa (después de lo de Soria todo será posible).

De Pablo Iglesias es un decir lo mismo una y otra vez. El hombre vive en un grito en el Congreso, gira la cabeza hacia un lado y gira la cabeza hacia otro, rebota de PP a PSOE, y viceversa, en un mitin permanente, peleado hasta con su sombra; no se aguanta ni a él mismo. Se calienta, se desata, coge velocidad y, finalmente, se dispara; no ha aprendido mesura alguna, no mide. Su discurso es siempre el mismo, en fondo, formas y decibelios, para al final acabar sumido en siglos anteriores o en otros países. Continúa hablando de la izquierda, pero… si ya no existe. ¿O acaso cree él serla? En Podemos no se dan cuenta, pero el tiempo les cuenta más rápido; aunque se empeñen en llevar mochilas y zapatillas deportivas pisándose los cordones, ya no son aquellos adolescentes; “tienen una edad”. Iglesias sigue creyendo que es la “solución” —agresiva y amenazante— cuando, en realidad, es el problema.

Y Albert Rivera, o ya sabía lo de Soria (tan largo no parece), o ¿se despide de esa guisa tras las sonrisas y el pacto? (se quedó corto, debió pensar visto lo de Hernando —PP— y conocer lo del exministro). Él a lo suyo, ya preparando el terreno hacia el PSOE e iniciando la precampaña electoral. Apareció en escena Gabriel Rufián, con ese aire de perdonavidas (habría que preguntarse si su estilo realmente representa a toda la sociedad catalana y si esta se ve representada en él). Deberían haber apagado las luces del hemiciclo y centrarle un foco; así se hace en El Club de la Comedia. Y así sale a la palestra, cual cómico monologuista aplaudido y jaleado convulsivamente por los suyos.

Superiores ellos entonces, creciéndose con los “zascas” de Rufián hasta que al día siguiente se los devolvieron todos: el Sr. Rufián había leído algunos de sus antiguos tuits ya publicados en su cuenta de Twitter. Trabajar lo justo, si ya lo tenía hecho… De color malvita se habrán puesto (nueva tonalidad) todos “ellos”. En plena era de las redes sociales, pensó Rufián que nadie se daría cuenta; en argot de las mismas: “este es el nivel”. La pena es que lee sus tuits, pero no los “zascas” con que a su vez le contestan a él en Twitter. Compañero le llamó a Iglesias; de infantilismos, quizá vean juntos a Smithers, en los dibujos animados, y “Juego de Tronos”. Nivel. Este es el nivel.

Y también apareció el debate de la Guerra Civil en el Parlamento en estos dos días, sombras, odios… Una pena que, en vez de acordarse continuamente del 36, no se acuerden nunca del 77 y de cómo mujeres y hombres tan dispares fueron capaces de entenderse, ceder y conducir un país desde esos mismos escaños. Se entendieron entonces y no se entienden ahora. ¿De verdad que no van a ser capaces de aprovechar la posibilidad de una nueva investidura?

Sus señorías dejan claro que prefieren volver a votar antes que un pacto. Pero, ¿es eso lo que quieren los españoles? ¿Aguantará el PSOE unas nuevas elecciones? ¿Se moderará y cederá Podemos ante una nueva y más factible oportunidad, o lo poco que tiene acabará siendo engullido por los nacionalistas? ¿Volverá el PP a conseguir más escaños a pesar de todo (que es mucho, ya demasiado)?

Que se marche Rajoy dicen, sí, sus muchas razones hay; ya tiene voces críticas dentro del PP. Que se marche Sánchez, también; tiene al partido dividido. Que se marche Iglesias, además, y se lleve sus gritos, sus modales, amenazas… Que se marche Rivera, pse… Dejadle con sus corbatas de quita y pon; juego al menos da. Pero vamos, pues que se marche por ahí.
Y en estas estamos. ¿Han servido para algo las investiduras? Porque después de lo visto… PP nunca pactará con PSOE. PP nunca pactará con Podemos. PP no pactará con independentistas. PSOE no pactará con PP. PSOE no iba a pactar con Podemos; iba… PSOE no pactará con independentistas. Ciudadanos nunca pactará con Podemos. Ciudadanos nunca pactará con independentistas. Nadie quiere pactar con Rufián; es el elemento indispensable para acercar a PP y PSOE.

Hablaba Valle-Inclán de la degradación, centrándose en “sus” esperpento. Y no hay que perderse el resto de géneros teatrales del Congreso: entremés derivando en mojiganga, sainete, farsa y vodevil, porque hasta piropos babosos hubo.

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