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Manifestantes póstumos

jueves 17 de noviembre de 2016, 11:08h

Después del triunfo de Trump los medios informativos nacionales e internacionales nos han obsequiado con fotografías y reportajes sobre algunas manifestaciones, según dichos medios hasta de tres mil personas, disconformes con el resultado electoral. Los manifestantes, escasos en número y abundantes en pancartas, parecen salidos de una película de bajo presupuesto. En este tipo de manifestaciones se ven casi tantas pancartas como manifestantes lo que hace pensar que no hay público adherido a la comitiva sino solo organizadores previamente equipados. Entre ellos no se ve a nadie con aspecto de trabajador industrial, agricultor, profesional liberal o empresario. Solo unos elementos, algunos enmascarados con pasamontañas, de edades ya no tan juveniles pero no del todo maduras. Tampoco se ven muchos negros, hispanos ni chinos. Son una especie de comandos de desocupados que dicen no sentirse representados por Trump aunque sería absurdo pensar que se sientan representados por Hillary Clinton. Son los auténticos populistas de guardarropía, como si los hubiese exportado la fábrica de indignados de Podemos. Gentes que pretenden ganar en la calle lo que, en ningún caso, podrían ganar en las urnas.

No se comprende porqué muchos comentaristas políticos de aquí se empeñan en calificar de populista al equipo del Partido Republicano de Estados Unidos que es quien ha ganado las elecciones no solo a la Presidencia sino al Congreso y el Senado, encabezado por un protagonista peculiar pero acomodado en el sistema bipartidista que produce las alternativas de gobierno en Norteamérica. El motejado de populista nombró jefe de su gabinete a Reince Priebus, hasta hoy presidente del Partido Republicano. Es cierto que Donald Trump tiene una personalidad que se sale de los moldes previstos. Pero si así no fuese no hubiese ganado. Los ingredientes polémicos que Trump ha inyectado en la rutina del Partido Republicano, conservador y derechista, pueden asustar a algunos oídos delicados. Pero si hiciésemos una antología de los discursos de campaña de cualquier político encontraremos exabruptos equiparables desde unas y otras posiciones. Pero todo el mundo sabe que lo que significa populismo no son simples excesos verbales. Son planes antisistemáticos, destructivos de las instituciones vigentes y demoledores de los equipos que las sirven, caracterizados por la formación de nuevos partidos capaces de desequilibrar la alternancia democrática de los gobiernos constitucionales. Nada de eso significa Trump, ni sus colaboradores, ni sus oponentes democráticos que han asimilado su derrota con naturalidad institucional.

El germen populista se cultiva en esa tropa callejera que se desahoga rompiendo cristales y enfrentándose con la policía. Esos son los venenosos parientes del “no es no” o “no pasarán”. Afortunadamente para los americanos, por lo que se ve, la proporción de estas tropas es muchísimo menor allí que aquí. Aquí el populismo ha crecido coyunturalmente en el hueco provocado por la crisis del socialismo. Allí ni los republicanos ni los demócratas han abdicado de su papel predominante y el populismo es solo una grieta superficial del edificio político. Aquí los “podemitas” han llegado al Congreso donde permanecen desproporcionadamente, gracias a la benevolente decisión del gobierno de no convocar terceras elecciones.

Pero los populistas son eso, los de los espectáculos callejeros y los desplantes parlamentarios, no los ciudadanos que votaron democráticamente a Donald Trump, sin pasamontañas ni pancartas. Unos ciudadanos que votaron contra lo que profetizaba la prensa pero no contra la democracia constitucional. El desafío del populismo es el cuestionamiento de las reglas de juego de los sistemas democráticos. Es una tontería en la que están cayendo muchos comentaristas políticos europeos la de asimilar a los “podemitas” con las reacciones revisionista que se plantean los pueblos con conciencia de su propia identidad.

Estos planteamientos que pretenden robustecer las instituciones propias son todo lo contrario del populismo. El populismo callejero, delirante y resentido, es la patología infecciosa de las democracias y la capacidad de reforma y vitalización de las instituciones propias es el antibiótico. El cómodo mundo de la cultura izquierdista parasitaria de la economía derechista ha recibido un serio aviso. Es posible que la gente empiece a preferir una ideología derechista y una economía más social. Algo muy difícil de tragar por los predicadores de lo políticamente correcto.

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