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Hacia una lectura ponderada del conflicto en Podemos

viernes 10 de febrero de 2017, 19:40h
Cuando se inicia la asamblea de Vistalegre II se hacen sobre el conflicto en Podemos análisis un tanto sesgados, bien por falta de profundidad o por inclinación favorable hacia uno de los principales líderes enfrentados, Pablo Iglesias e Iñigo Errejón. Mi juicio es que, más allá de las simpatías que se tengan hacia la formación morada, conviene poner un poco de rigor al analizar una fuerza política que ha conseguido cinco millones de votos.

En general, los medios y los comentaristas tienden a explicar el conflicto como una lucha por el poder o un contraste de dinámicas políticas personales. Incluso quienes estuvieron atentos a las microdivergencias entre Iglesias y Errejón en Vistalegre I, luego se inclinan a referirlas a los asuntos internos. Por ejemplo, Enric Juliana, agudo observador del diario La Vanguardia, señala que hubo una pequeña fisura en la asamblea del 2014 cuando Iglesias se mostraba ufano de su frase atrevida del “asalto a los cielos” que, sin embargo, a Errejón no le pareció tan feliz. Es cierto que desde 2014 a la fecha ha habido fisuras pequeñas y grandes (como la referida a la cal viva sobre el PSOE) entre el secretario general y el secretario político. Pero esas fisuras eran fundamentalmente de carácter político. Sin embargo Juliana las relaciona –erróneamente a mi juicio- con “la fuerte voluntad de poder” de Iñigo Errejón, quien “no se resigna a ser el eterno número dos. Y está en su derecho”. Para probar su interpretación, Juliana, señala la organización precoz de los errejonistas de una corriente para dirimir la disputa en Madrid. Mi juicio es que, siendo cierta la operación, cabe preguntarse si era para desbancar a Iglesias o era de carácter preventivo, para evitar el arrinconamiento de Errejón. Algo que, por cierto, se convirtió pronto en una guerra de entornos, que potenció radicalmente el conflicto entre los dos líderes.

No creo que el conflicto resida en una lucha de poder simplemente y menos aún que refiera a la voluntad de Errejón de superar su situación de numero dos. Estoy convencido de que las microdivergencias de antes eran políticas y que éstas han ido creciendo con el tiempo (sobre todo pasado el momento caliente de intensa movilización callejera). Sin duda existen divergencias sustantivas de carácter estratégico entre ambos líderes.

¿Qué las diferencias estratégicas se entrelazan con cuestiones de control orgánico?

Desde luego. Pero poner el acento en estas últimas me parece reduccionista. También en el caso de Iglesias. Hay quienes hacen un guion biempensante según el cual Iglesias debería aceptar su mantenimiento al frente de la secretaría general para gestionar la orientación política que surja de las bases en Vistalegre II. Esa lectura me parece simplista. Sólo sería adecuada si la orientación política que surgiera del encuentro hubiera sido conformada de manera capilar por las distintas sensibilidades existentes en Podemos. Pero ya no es esa la situación creada. Ahora se presentan dos opciones diferenciadas (además de la de Anticapitalistas) con estrategias y equipos claramente definidos. Y, en ese contexto, la razón de Iglesias es atendible: no se le puede pedir a quien encabeza una de las opciones en liza que si pierde su propuesta tenga que gestionar la otra sin estar de acuerdo. Cosa diferente es que se hiciera un esfuerzo sobrehumano por lograr una posición de síntesis. Pero, insisto, la divergencia entre las dos estrategias no es superficial sino sustantiva. Tratar ahora de hacer una masa aguada con ellas es insultar la inteligencia y faltarle al respeto de los que han estudiado y discutido las propuestas.

Ahora bien, la situación creada puede conducir a un final complejo de Vistalegre II. Aparecen varios escenarios posibles. Si pierde la propuesta de Errejón y sale elegido Iglesias como secretario general, lo más probable es que ello conduzca a una severa reducción de las posiciones orgánicas del errejonismo, incluido su líder. Pero puede suceder que gane la propuesta de Errejón y que Pablo Iglesias sea elegido secretario general. En ese caso creo que Iglesias ha ido demasiado lejos con su advertencia de que no podría seguir fungiendo como secretario general, para que luego pudiera dar vuelta a su órdago (por más justificado que este sea).

Así las cosas, la pelota quedaría en el tejado de Errejón. Negarse a ser el nuevo secretario general puede parecer más coherente con su afirmación de que nunca quiso desbancar a Iglesias, pero también tiene un velo de irresponsabilidad. No se puede presentar una propuesta netamente alternativa y luego negarse a gestionarla si resulta preferida por los afiliados. Incluso por coherencia con su discurso integracionista: es mucho más fácil que si Errejón es secretario general, los que divergen sean integrados en la conducción orgánica de Podemos, que si sucede a la inversa. Iglesias ya ha dejado claro que ha sido un error darle “demasiado poder a Iñigo”. Nadie duda de que si Iglesias siguiera de secretario general buscaría desde el lunes como reducir la relevancia de Errejón, (en caso de que, de una forma u otra, no lo hubiera conseguido en la propia asamblea). Y todo ello sin descartar la sombra de la división profunda que hoy se cierne sobre la fuerza morada.

De todas formas, creo que este conflicto hay que verlo al interior de un análisis general del fenómeno Podemos. No tengo duda alguna de que esta controversia no hubiera tenido lugar si Podemos hubiera llegado al gobierno en la cresta de la ola movilizadora, como sucedió con otras fuerzas políticas surgidas al calor de la crisis, tanto en Grecia como en América Latina. Las exigencias del poder obligan a lograr con urgencia la unidad de acción. Por el contrario, los partidos radicales y populistas tienen considerables dificultades para acumular fuerzas una vez pasados los momentos calientes de la crisis. Veremos si Podemos representa una excepción al respecto.
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