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Desde aquellas elecciones a estas mociones

lunes 12 de junio de 2017, 11:15h
Se celebra el cuarenta aniversario de las Elecciones Generales de 1977 como si quienes votamos o participamos como candidatos hubiésemos surgido milagrosamente por obra de la naturaleza, como las flores de la primavera. El fenómeno admirado por el mundo por el cual España cambió de marcha sin reventar el motor ni perder seguridad jurídica, no fue un acontecimiento espontaneo ni un milagro caído del cielo sino obra de un proceso político sobre terreno abonado y cuya primera etapa fue el proyecto de Ley para la Reforma política aprobado por las antiguas Cortes Españolas el 18 de Noviembre de 1976.

Con criterio ligero y tópico se suele decir que aquellas Cortes se hicieron el “harakiri” al aprobar el fin de la estructura incompleta y parcial desde la que desarrollaban funciones legislativas. Nada más injusto. Aquellas Cortes cumplieron con su deber con plena conciencia de que actuaban para que fuese posible sentar las bases de concordia imprescindibles para el establecimiento de un sistema constitucional de nueva planta en cuya elaboración deberían participar todos cuantos sectores de opinión quisieran formar los españoles a través de unas elecciones convocadas sin condiciones ni limitaciones preconcebidas. El carácter selectivo o corporativo de aquella antigua Cámara no impide reconocer que actuó con plena responsabilidad y que las posiciones inmovilistas o los escrúpulos legitimistas que existían en aquel entonces fueron derrotados en su interior por una mayoría abrumadoramente significativa de los sectores más templados o ilustrados de aquella circunstancia. Puede afirmarse que tal mayoría no actuó por estar menos comprometida con sus orígenes sino por superar sus vínculos con el pasado con una visión más clara de las exigencias de un porvenir democrático firmemente cimentado.

Trabajaron para presentar un texto que pudiera ser sometido a la opinión popular, aplicando la Ley de Referéndum Nacional que estaba vigente desde 1945 y era una de las llamadas Leyes Fundamentales del régimen anterior. Así de formalmente correcto se hizo el tránsito más profundo de nuestra historia contemporánea. La ley reformista, venciendo todos los extremos rupturistas, fue aprobada por una mayoría contundente que se expresaría con plena libertad. El resultado fue que dicha Ley para la Reforma Política fue refrendada el 15 de Diciembre de 1976 con 17.599.562 votos emitidos, de los que fueron favorables 16.573.180, en contra 450.102, en blanco 523.457 y nulos 52.823. A dicho resultado no se llegó por imposición de ningún “poder fáctico sino por el criterio inteligentemente sentido por el pueblo español de que lo conveniente y correcto era hacer los cambios necesarios “de ley a ley”, es decir, por el camino de la reforma y frente al cual no se alzó ninguna oposición radical salvo algunos extremismos muy minoritarios. El convencimiento de que tal fue el deseo de la mayoría del pueblo a la vista de los resultados fue el argumento que convenció a los partidos más recelosos a participar en labores de consenso que se desarrollarían en aquella primera legislatura preconstitucional que pasó a llamarse “constituyente” y que haría posible que, en 1978, se pudiese someter a otro nuevo referéndum al texto de la actual Constitución Española como Carta Magna de la actual Monarquía Parlamentaria.

Los debates de las Cortes Españolas se desarrollaron con altura de miras y calidad jurídica y concluyeron con unas votaciones nominales y públicas de los antiguos Procuradores en Cortes que han quedado impresas en el correspondiente Diario de Sesiones, con 425 votos a favor, 59 en contra y 13 abstenciones. Los nombres y apellidos de unos y otros son significativos y no dejan lugar a dudas de que el estado de ánimo predominante lo fue por un alto sentido de responsabilidad histórica y en absoluto para desentenderse del problema mediante la práctica de un suicidio colectivo o “harakiri”. Sin tener esto en cuenta es imposible comprender como desde aquellas primeras elecciones de 1977 hasta la fecha han transcurrido cuarenta años sin quiebras convivenciales de importancia. Ese espacio mágico de cuarenta años a que nos vamos acostumbrando los españoles es la gran diferencia con otras épocas en que solían contarse breves bandazos políticos y episodios nacionales de inestabilidad.

A pesar de las crisis por las que ha pasado la historia del mundo y, también, España, y a las manchas con que algunos comportamientos “no ejemplares” ensucian el devenir político, la realidad es que hoy nada parece esencialmente distinto a los acuerdos que se han venido concordando desde aquellas elecciones de 1977, salvo la usurpación del espacio que ocupaba la seria oposición comunista por el círculo jaranero de un cantamañanas que presenta mociones de censura sin objeto constructivo ni capacidad de alternativa programática. Aquel cuadro de seis ingredientes, derecha, centro, socialismo, comunismo y particularismos catalán y vasco es el mismo cuadro de nuestros días, con parecidas proporciones, aunque en algún caso las denominaciones hayan variado gramaticalmente. La vigencia del sistema constitucional sigue residiendo en la necesidad de tener en cuenta el interés nacional y la proyección internacional de España contando con los inevitables ajustes entre unos y otros para que, en ningún caso, la Constitución se parcialice como un “trágala”, como sucedía en otras épocas de la historia, sino que se mantenga como una arquitectura habitable por todos. Las tentaciones antisistemáticas que se manifiestan en mociones sin potencia alternativa solo son espejismos que confunden alborotos minoritarios de plaza y pancarta con la actividad parlamentaria seria. Contemplamos auténticas pantomimas parlamentarias promovidas por Podemos sin el menor intento de concordia o estabilidad en beneficio del común de los españoles. Son anécdotas desafortunadas que coinciden como piruetas ridículas en contraste con la conmemoración de cuarenta años de elecciones libres que, si el país no pierde el pulso, seguirá acumulando de cuarenta en cuarenta años constructivos para una nación destacada entre las de mejor calidad de vida y seguridad del planeta.
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