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El envés

Brasil ya no es el país del futuro

domingo 06 de mayo de 2018, 12:28h

Cuando Stefan Zweig publicó su libro no podía imaginar que su esposa y él iban a poner fin a sus vidas allí, ante los estragos inhumanos e inverosímiles de la Guerra Mundial auspiciada por Hitler y aprovechada por los países denominados libres, aunque bien que se les arrimó la Unión soviética de Stalin. Su huida a Londres desde la Alemania nazi, su depresión y su amargura en este judío vienés autor de inusitado prestigio con sus biografías inmortales y sus novelas en un estilo y documentación, arte literario y elegancia que uno jamás podrá olvidar.

Por eso, seguimos con dolor desde hace décadas en mis clases de la universidad los avatares de ese grandioso país llamado a ser uno de los grandes del mundo. Hacía mucho tiempo que tenían que haber modificado las bases de unos anquilosados tratados de la O.N.U, y hacerla más ágil y asumiendo que el derecho del veto era una triquiñuela infernal por la que un grupo de países mantenían controlados con mano férrea los privilegios que se habían auto otorgado. Muchos pensadores, académicos y escritores anhelábamos la incorporación a su C. de S. de países como Brasil, Japón, India, Sudáfrica y algunos otros en plena evolución y desarrollo. Pero la codicia, que no ceguera, de intereses económicos y de potencias ensoberbecidas por su control de las materias primas más necesarias y de las que tenían “congeladas” en sus cajas fuertes. Paradigma de esa ceguera fue el cambio ignominioso del artículo en que se explicitaba el objeto del Tratado del OTAN, en su 50 aniversario en Washington, ¿dónde si no? Y de la defensa de los países occidentales ante posibles ataques soviéticos la transformaron en el “sheriff” con patente de corso mundial. Así es la historia. Y su poder militar es tan enorme que a socios como España les obligan a incluir en sus presupuestos más de 80.000 E para los próximos años en pro de la defensa de los ¿valores? de un “occidente” cada vez más fantaseado y a la deriva en una explosión demográfica mundial que sobrepasa toda quimera.

Por eso, me gusta seguir el pensamiento del gran escritor brasileño y amigo muy querido Leonardo Boff, como gran conocedor de los que está sucediendo en su inmenso y rico país. Me permite sugerirles que lo sigan en Koinonia, yo me atrevo a compartir sus ideas.

Lo peor del golpe: imposibilitar el Estado Social brasileño, así se titula su última reflexión. Los hechos recientes, de la prohibición al Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel (1980) y a otros notables de la política de visitar al expresidente Lula, un prisionero político y amigo de todos los que querían verlo, son la prueba más cabal de que vivimos bajo un régimen de excepción jurídico-mediático. Las togas mandan. La jueza Catarina Lebbos, brazo derecho del juez Sergio Moro, revela rasgos de crueldad y de inhumanidad al prohibir a un médico examinar el estado de salud del expresidente.

Lo más grave de nuestra crisis es la estrategia de los muy ricos (0,05% de la población), asociados como siempre a consorcios económico-financieros, hasta extranjeros, incluso con nuestros medios de comunicación monopolistas conservadores, de quebrar el pacto social construido bajo la hegemonía de las fuerzas democráticas y progresistas, contenido en la Constitución de 1988.

Gracias al consenso que ella propició entre los distintos grupos permitió que se gestaran las bases para la creación de un Estado Social brasileiro. Era un primer paso para atacar nuestra mayor llaga, que es la perversa desigualdad social y conseguir así la inclusión de millones de brasileros y brasileras en la ciudadanía.

La dirección estuvo a cargo de alguien al que las élites del atraso jamás aceptaron, pero tuvieron que inclinarse ante el veredicto de las urnas, un obrero, venido de la pobreza nordestina: Luis Inácio Lula da Silva. Por sus políticas sociales habían hecho que los del piso de abajo pudieran subir un escalón en la escalera social.

Cuando se dieron cuenta de que podría surgir una nueva hegemonía de carácter progresista y popular, estas clases, tramaron un golpe de clase. Se trataba de asegurar la naturaleza de su acumulación y de su control del aparato estatal, de donde saquean su propina millonaria.

No debía ser mediante un golpe militar, sino mediante un golpe parlamentario. Marcelo Odebrecht, presidente de una de las mayores empresas brasileñas, en su delación premiada confesó que había dado diez millones de reales para comprar a 140 diputados que garantizasen la destitución de Dilma Rousseff y la toma del poder del Estado.

Un Congreso, de los más mediocres de nuestra historia republicana, con ladrones unos, acusados de corrupción otros o denunciados por crímenes, incluso por asesinato, se dejó venalmente comprar. Dieron un golpe parlamentario, jurídico y mediático, deponiendo mediante una destitución cuestionable contra la presidenta legítimamente elegida, Dilma Rousseff. El objetivo no era fundamentalmente atacarle a ella, sino alcanzar al expresidente Lula y al partido del PT.

La lucha contra la corrupción, enfermedad endémica de la política brasileña -no por ello excusable-, sirvió de pretexto para atacar, procesar y literalmente perseguir a Lula, mediante el expediente del lawfare (interpretar torpemente la ley para perjudicar al acusado). Tanto hicieron, que lograron meterlo en la cárcel, mediante un proceso viciado y vacío de pruebas consistentes.

¿Cuál es el sentido mayor de este golpe? Mantener la naturaleza de la acumulación de un grupo de rapiña que controla gran parte de nuestra riqueza y traspasarla a sus bolsillos. Pero la consecuencia más desastrosa está contenida en la Enmienda Constitucional (PEC 55). Mediante ella se trata de atenazar al país. La PEC es la prohibición de construir un Estado Social en nuestro país. Se veta constitucionalmente construir el Estado Social, es más que una congelación de gastos.

Las clases del atraso optaron por el pasado, aceptando la recolonización de Brasil, alineándolo a los intereses del imperio del Capital hegemonizado por los USA. No mediante una elección sino por medio de un golpe disolvieron el pacto construido en la Constitución de 1988. Estamos ante un golpe contra el Gobierno que el pueblo brasileño eligió, ante una inflexión histórica de una importancia inmensa: prohibir constitucionalmente hacer inversiones sociales, especialmente en la educación y en la sanidad.

Esto es un caso único en el mundo de hoy. ¿Cómo puede un pueblo enfermo e ignorante avanzar hacia un desarrollo, adecuado a una población de más de cien millones de personas?

Estas élites, egoístas al máximo, nunca tuvieron un proyecto para Brasil. Sólo para sí mismas, y en función de una acumulación absurda. Actualmente se asientan sobre una derecha fascista, autoritaria, violenta, racista y despreciadora del pueblo, considerado vulgar y despreciable. Para nuestra vergüenza, apoyadas en parte por el cuerpo jurídico y por la mano dura de la policía militar, capaz de reprimir y matar, especialmente a negros y pobres. La lucha es para recuperar la democracia mínima, y sobre todo para hacer valer la Constitución de 1988, rota por los golpistas, pero que abría espacio para la convivencia pacífica y para el desarrollo humano. Por eso podemos afirmar que, en estas condiciones, Brasil no es el país del futuro.

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