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Los silencios del Rey

martes 25 de diciembre de 2007, 17:36h
En el último mensaje navideño, el rey estuvo más elocuente que nunca, pero sólo en los silencios, que fueron muchos y, valga la imposible paradoja, sonados. Juan Carlos I, que no es un orador, ha conseguido con el tiempo, a fuerza de leer discursos y salutaciones, una cierta solvencia inerpretativa que si bien no satisface la general demanda de espontaneidad, ni trasmite, en consecuencia, el calor que la ocasión y la fecha requieren, sí logra un mínimo de inteligibilidad, la suficiente, cuando menos, para que los analistas de sus alocuciones navideñas busquen en sus resquicios toda suerte de mensajes cifrados. La otra noche, sin embargo, las claves del enigma había que buscarlas en los silencios.

Una cosa es la locuacidad y otra, muy distinta, la elocuencia. De lo primero anduvo sobrado el monarca por lo mucho que dijo, que no dejó sin citar ningún asunto de moda, desde la ecología a los muertos de la carretera, desde la inmigración a la violencia machista. De lo segundo, en cambio, anduvo como siempre romo, ayuno, por la forma monocorde, oficialista y fría de decirlo. Ahora bien; en esta ocasión no estuvo exento de elocuencia su discurso anual a los españoles, pues el silencio, esto es, lo que no dijo, vino a aportarla: ni una palabra sobre la contestación cada vez mayor a la institución que representa, ni una alusión al "annus horribilis" de la monarquía, ni una mención a los sucesos (secuestro de "El Jueves", procesamiento de dibujantes y de pirómanos de retratos reales, enfrentamiento con el presidente de Venezuela, etc.) en los que su figura y su persona se han visto involucrados. Se esperaba, ya que su voz se oía en la noche del lunes en todas las emisoras de radio y en todas las cadenas detelevisión, que dijera algo, pero sólo hablaron, por él, sus silencios.
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